Mientras nuestros cuerpos se consumían por la pasión acumulada, me fui dejando arrastrar entre sus caricias y sus besos.
Sin llegar a entender cómo, me encontraba tumbada en una cama; mi vestido había caído, perdido en algún punto de la habitación. Romano se quitó la chaqueta con prisa contenida, y mis manos fueron directas a su camisa, desabrochándola botón a botón, sin apartar la mirada de él. Pronto su cincelado cuerpo quedó en mis manos. Mordí mi labio inferior presa de la lujuria.
Le desat