No deseaba parar ahí y Romano tampoco deseaba terminar.
—Separa las piernas —me susurró al oído.
No le hacía falta ni pedirlo. En cuanto sentí cómo Romano cogió con sus manos mis glúteos, mis piernas se enlazaron en torno a su cintura.
—No te detengas, señor Romano. Hazme tuya una y otra vez.
Romano pareció enloquecer al escuchar mis palabras y comenzó con fuerza a tomarme. Con cada embestida un gemido escapaba de mis labios. Los suyos se habían apoderado de mi cuello y mi mente comenzaba a nub