El archipiélago de Bacuit, en Palawan, era un laberinto de caliza y esmeralda que parecía haber sido diseñado por los dioses para esconder aquello que el mundo no debía encontrar. La casa, una estructura de madera de teca y cristal integrada en la selva, se asomaba tímidamente a una playa privada de arena blanca tan fina que parecía harina. El aire no olía a pólvora, ni a moho de catacumbas, ni al frío estéril de los Alpes. Olía a salitre, a flores de frangipani y a una humedad fértil que prome