El archipiélago de Bacuit, en Palawan, era un laberinto de caliza y esmeralda que parecía haber sido diseñado por los dioses para esconder aquello que el mundo no debía encontrar. La casa, una estructura de madera de teca y cristal integrada en la selva, se asomaba tímidamente a una playa privada de arena blanca tan fina que parecía harina. El aire no olía a pólvora, ni a moho de catacumbas, ni al frío estéril de los Alpes. Olía a salitre, a flores de frangipani y a una humedad fértil que prometía la vida.
Bianca —ahora bajo el nombre de Maya— se detuvo frente al espejo del baño principal. Era la primera vez que se quitaba los vendajes quirúrgicos sin la supervisión del Arquitecto. Sus dedos, que ahora lucían un patrón de huellas dactilares creado en un laboratorio, temblaban mientras rozaban su nuevo rostro.
La cirugía había sido sutil, pero efectiva. El arco de sus cejas era más recto, dándole una mirada menos divina y más terrenal. Sus pómulos habían sido suavizados y su nariz, ant