El Palacio de los Normandos en Palermo se alzaba como un recordatorio de mil años de conquistas y traiciones. Pero la reunión de la Comisión no se celebraba en los salones turísticos, sino en las catacumbas privadas bajo el suelo de mármol, un lugar donde el aire estaba viciado por el moho y el secreto de la omertà. Alessandro caminaba por el pasillo de piedra caliza, sus botas resonando con una finalidad fúnebre. A su lado, Bianca no era más la "ofrenda" que todos esperaban ver; vestía un traje táctico de cuero negro, con el cabello recogido con una precisión militar y una mirada que habría helado el mismo Etna.
La Comisión los había convocado para una supuesta "entrega de términos". Los seis capos restantes de las familias más poderosas de Italia estaban sentados alrededor de una mesa de caoba que parecía un altar de sacrificios. En el centro, el lugar que solía ocupar el padre de Alessandro estaba vacío.
—Alessandro Castiglione —dijo Don Vitale, el más anciano de todos, su voz sali