La primera semana en la isla fue un ejercicio de disciplina psicológica. Para dos personas acostumbradas a la vigilancia constante, el silencio absoluto de la selva era una tortura. Maya se despertaba a las tres de la mañana, con la mano buscando instintivamente la Glock que ya no estaba debajo de su almohada. Luca, a su lado, solía estar despierto, mirando el ventilador de techo girar, con los músculos tensos, esperando un ataque que nunca vendría.
Una tarde, mientras el sol se hundía en el ma