El Tormento de Valeria Ordóñez

El Tormento de Valeria OrdóñezES

Romance
Última atualização: 2026-03-01
L. Alejandra  Em andamento
goodnovel18goodnovel
9.4
5 Avaliações
30Capítulos
5.5Kleituras
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Resumo
Índice

Siento que lo más frustrante de la adversidad es quedarnos estancados en el laberinto de las preguntas: ¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecerlo? Nos desmoronamos intentando encontrarle un sentido a lo que no lo tiene. Al final, no se trata de si merecemos o no lo que nos pasa; simplemente no podemos permitir que nuestra energía se evapore en interrogantes que nunca tendrán una respuesta válida. A veces, la vida solo sucede, sin justicia y sin explicaciones. Aún recuerdo cuando era niña y las advertencias de mi madre me resbalaban como gotas de lluvia; en ese entonces, para mí, solo eran palabras. Hoy, sin embargo, me golpean con una fuerza demoledora. Aquellas frases típicas de madre —«No todos quieren tu bien», «No confíes en todo el mundo», «No seré eterna»— han dejado de ser ecos vacíos para convertirse en mi realidad más absoluta. Tenían un peso que yo no supe medir. Irónicamente, madre, tú también caíste en la trampa. Confiaste en quien no debías, y es por ese error que hoy habito en este infierno. Te fuiste en aquel accidente junto a mi padre, dejándome a merced de la persona en la cual nunca debieron confiar. No puedo odiarlos; sé que les mostraron una cara falsa, una máscara perfecta de bondad. Pero hoy soy yo quien paga el precio de ese odio y de la envidia que corroe a quien me rodea. Ahora, en medio de tanta oscuridad, parece asomarse una luz... pero me aterra pensar que no sea una salida, sino simplemente la puerta a un nuevo infierno.

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Capítulo 1

Capitulo 1

Al principio, mi vida no tenía nada de especial. Era esa clase de chica que habitaba una tranquilidad plana, convencida de que los dramas adolescentes eran el fin del mundo. Si no obtenía lo que quería, sentía que el universo conspiraba en mi contra; era una ceguera infantil, la arrogancia de creer que nadie podía sufrir más que yo.

A los cinco años, mi mayor tragedia era que papá trabajara demasiado. Recuerdo los berrinches, el cruzarme de brazos porque no jugaba conmigo, aunque toda esa rabia se disolvía mágicamente en cuanto llegaba el atardecer. Amaba la noche. Era el refugio donde mis padres volvían a ser solo míos. Comíamos juntos, jugábamos y ellos me leían cuentos hasta que el sueño me alcanzaba. Me sentía invencible bajo su protección, pero, como todo niño ingenuo, cometí el error de desear crecer demasiado rápido. Quería ser autosuficiente, quería mi propia vida.

El tiempo no corre, se apresura. Y cuando creces, te das cuenta de que la libertad no es lo que imaginabas.

Fui alejándome de ellos, como si su amor fuera algo que siempre estaría ahí, estático, esperándome. Prefería el cine, las luces de la calle y las salidas con amigos. Las cenas familiares se convirtieron en campos de batalla. «No me entienden», era mi frase de cabecera. Llegué a sentir que me odiaban, cuando en realidad, cada una de sus restricciones era un intento desesperado por cuidarme.

No entendí cuánto me amaban hasta que cumplí los quince años. Aquel martes, con la soberbia de quien se cree dueño del mundo, les dije que nos veríamos en la noche. Salí con mis amigos y bebí hasta que la conciencia empezó a nublarse. Ellos, consumidos por la angustia al ver la hora, salieron a buscarme.

Nunca sabes si vas a volver a casa.

Desde la distancia, con la vista borrosa, vi el auto de mis padres acercándose. Al mismo tiempo, otro vehículo salió de la nada. Era un chico, tan ebrio o más que yo, manejando sin precaución, devorando la vía equivocada. El impacto fue seco, un rugido de metal retorciéndose que cambió mi destino para siempre. Me culpé en ese instante y sigo haciéndolo cada mañana al despertar.

Recuerdo el horror de ver el auto volcarse en cámara lenta. No pude gritar. Vi a mi madre salir despedida por la ventanilla en una de las vueltas, su cuerpo bañado en una sangre que brillaba bajo las farolas. Las sirenas empezaron a aullar, pero yo lo oía todo como si estuviera bajo el agua. No asimilé sus muertes; no lo hice hasta el día del entierro. Al ver las urnas descender, sentí físicamente cómo una parte de mí se hundía con ellas. Me dolía el alma, me dolía cada latido.

Mis padres siempre confiaron en mi tía Cielo. Ella era su seguro de vida, la mujer que siempre mostró un lado protector, sensible y confiable. Pero en cuanto el eco del pésame se extinguió, la máscara de Cielo se pudrió.

—Se acabó el dinero —me dijo un día, con una frialdad que me heló la sangre—. La herencia se esfumó. Tienes que dejar el colegio.

El encierro comenzó poco después. Primero fueron las paredes de mi cuarto, luego fueron los golpes cada vez que ella se sentía mal. Cuando el alcohol y la droga la consumían, usaba el cigarrillo que siempre tenía en la mano para marcar mi piel. Lo apagaba en cualquier parte de mi cuerpo que tuviera a su alcance, como si quisiera borrarme.

—Odio tu belleza —me escupía con asco—, es igual a la de tu madre. Por su culpa tengo que cargar con este estorbo.

Pasé días sin comer. El hambre se convirtió en mi castigo rutinario. Yo llegué a creer que ella tenía razón, que yo era la mayor desgracia del mundo y que merecía cada quemadura, cada golpe, por haber matado a mis padres.

Pero el verdadero infierno tenía un sótano más profundo. Una noche, mientras dormía, Cielo abrió la puerta de mi habitación y dejó entrar a un hombre. Escuché el clic de la cerradura al cerrarse desde afuera. Intenté correr, pero mi cuerpo, debilitado por el hambre, no respondió. Él me golpeó hasta doblegarme y, poco a poco, me arrebató lo último que me quedaba de dignidad. Aún hoy, el aroma al tabaco me provoca náuseas; es el olor de ese primer abuso.

Pensé que sería una sola vez, pero Cielo convirtió mi cuarto en un mercado. Noche tras noche, dejaba entrar a hombres distintos. Cuando intenté defenderme, ella empezó a suministrarme algo, una sustancia que me hacía desvanecer, que me robaba el control de mis propios miembros. Me convertí en una espectadora de mi propia destrucción. Ella tenía el control total. Yo ya no era dueña de nada, ni siquiera de mi dolor.

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Lucy Avi
¡Me está encantando, la recomiendo!
2022-06-30 13:49:37
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Liz Portieles
me encanta este libro. estoy flipando
2022-03-20 01:16:57
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Jimex
la trama muy interesante, me gusta!!!
2022-01-12 01:08:37
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Aura Cathartes
Tu historia promete mucho. Seguiré leyéndola y no dejes de escribir. Saludos.
2021-08-06 04:26:45
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Escritos L Ale
Vas bien, te felicito
2021-08-06 11:02:39
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30 chapters
Capitulo 1
Capitulo 2
Capitulo 3
Capitulo 4
Capitulo 5
Capitulo 6
Capitulo 7
Capitulo 8
Capitulo 9
Capitulo 10
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