Capitulo 3

Me despierto sumergida en una desorientación neblinosa. El primer mensaje que recibe mi cerebro no es visual, sino un dolor sordo y palpitante que recorre cada centímetro de mi piel. Al abrir los ojos, la oscuridad me envuelve, pesada y húmeda. Tardo unos segundos en reconocer el lugar, pero el olor a encierro y moho me da la respuesta: el sótano.

Es el rincón donde mi tía Cielo me quiebra cuando mi conducta no es la «correcta». Aquí el tiempo se detiene y el hambre se convierte en una presencia física. Intento moverme, pero mis manos están atadas al frente con una cuerda que me corta la circulación. Mis pies, pesados, están anclados a una tubería mediante una cadena corta que tintinea con cada espasmo de mis músculos. Mi único refugio es un colchón delgado, manchado y desgastado, donde paso las horas escuchando el corretear de los ratones y el goteo rítmico de alguna cañería rota.

Cielo aparece desde las sombras. No necesita decir nada; el látigo de cuero negro que lleva en la mano habla por ella. Estoy casi desnuda, apenas cubierta por una prenda íntima, expuesta por completo a su crueldad. La sed me quema la garganta, pero antes de que pueda suplicar por agua, ella se acerca con una sonrisa gélida y me amordaza con un trapo sucio. Sus ojos no son humanos; son dos pozos de un odio que nunca he logrado comprender.

Escucho su risa mientras camina a mis espaldas. El primer latigazo restalla en el aire antes de hundirse en mi espalda. El sonido rebota en las paredes de concreto, creando un eco que parece multiplicar el castigo. Uno, dos, tres... Pierdo la cuenta. El ardor es insoportable, como si me marcaran con hierro al rojo vivo. Siento un líquido caliente brotando de las heridas abiertas y deslizándose por mis costados. Es mi sangre, el único rastro de vida que me queda.

A través del sudor y las lágrimas, veo una figura distorsionada. Un chico se acerca a ella y le entrega un frasco con un líquido transparente. Cielo se coloca frente a mí, balanceando el envase con una delicadeza macabra.

—¿Sabes qué es esto, querida? —Su voz es un susurro venenoso—. Un poco de alcohol para limpiar tus hermosas heridas. Deberías haber pensado en esto antes de intentar escapar.

Niego con la cabeza frenéticamente, pero no hay piedad. Siento el chorro frío del alcohol vertiéndose directamente sobre la carne viva de mi espalda. El dolor escala a un nivel que no creía posible; es como si me estuvieran quemando viva desde adentro. Mis pulmones intentan gritar contra la mordaza, pero mi cuerpo no resiste más. El sistema se apaga y, una vez más, todo se vuelve negro.

—Mami, tengo miedo —dice una pequeña niña de rizos dorados, sentada en medio de sus sábanas limpias.

—No tengas miedo, Vale. Siempre estaré contigo —responde una voz dulce, cargada de una paz que hoy me parece un sueño.

—No me gusta la oscuridad, mamá.

—Todo estará bien, hija. Te dejaré la luz encendida. Recuerda siempre que, en cada oscuridad, por profunda que sea, siempre habrá una luz que te ilumine.

Trato de estirar la mano hacia ella, de tocar la calidez de su rostro, pero la imagen empieza a desvanecerse como humo entre mis dedos.

Regreso a la realidad del sótano. Mis manos ya no están atadas, pero me cuesta horrores moverme. Noto que mi torso está vendado de forma tosca. No sé cuántos días han pasado ni cuántas veces he perdido el conocimiento. El hambre es un agujero negro en mi estómago. En una esquina, veo la taza de plástico que solía ser de los gatos de mi tía; tiene un poco de agua estancada. Me arrastro hacia ella con una desesperación animal, bebiendo cada gota como si fuera un elixir.

La puerta del sótano chirría al abrirse. Cielo baja las escaleras con un plato en la mano. Su mirada sigue destilando ese desprecio infinito. Se detiene frente a mí y, sin una pizca de remordimiento, vuelca el contenido del plato directamente sobre el suelo polvoriento. Es una mezcla pastosa y fría.

—Come, cariño —dice con una satisfacción enferma—. Come lo que eres... como una perra.

Se da la vuelta y se marcha, dejándome allí, humillada y débil, obligada a recoger los restos del suelo para no morir. Pero en medio de esta degradación, las palabras de mi madre resuenan en mi mente. Necesito encontrar esa luz, antes de que la oscuridad termine por devorarme los huesos.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App