Mundo ficciónIniciar sesiónEs imposible no torturarse con la misma pregunta: ¿Qué hacía yo allí ese día? Pero el destino es un rompecabezas al que le faltan piezas. Mi tía siempre fue una estratega de la miseria; su única meta era exprimir cada gota de "ganancia" de mi cuerpo. Cada noche, la cuota de hombres aumentaba, y con ella, el riesgo. Cielo incluso llegaba a cobrar un extra si ellos se negaban a usar preservativo, ignorando que esa era mi única y frágil línea de defensa.
Ya no resisto. Siento que mi espíritu se ha deshilachado hasta quedar en nada. He imaginado mil formas de acabar con esto, de silenciar el dolor de una vez por todas, pero mi propia cobardía me encadena a la vida. O quizás no sea cobardía, sino un resto de esa luz que mi madre decía que yo era, negándose a apagarse.
Hoy, sin embargo, la noche parece llorar conmigo. El vacío es tan denso que casi puedo tocarlo. Estoy en la barra, esperando mi turno para el acto de las telas. Suspiro. Es el único momento en el que, suspendida en el aire, puedo pretender que la gravedad no existe y que la realidad no puede alcanzarme.
Antes de subir al escenario, la figura de mi tía se interpone en mi camino. Trae un fajo de papeles en la mano.
—Hola, Vale. Necesito que me firmes esto —me dice, extendiéndome una hoja con una urgencia inusual.
—Debo bailar, tía. Ya va a empezar la música.
—Es rápido, no me hagas perder la paciencia —siseó, entornando los ojos.
No tengo fuerzas para discutir. Firmo el documento sin leerlo, pensando que es otro trámite del club o algún permiso municipal. Subo a la tarima y me enredo en las telas. Por unos segundos, mientras giro, siento que soy libre. Pero el mareo me golpea de nuevo. Mis brazos, debilitados por días de hambre y maltratos, fallan. Siento cómo la tela se desliza entre mis dedos y el mundo se voltea. El impacto contra el suelo es un estallido de dolor seco que me roba el aliento. Todo sucede en cámara lenta: la música que sigue sonando, los gritos de la gente, las sombras que se acercan.
Siento como si cada hueso de mi cuerpo se hubiera convertido en cristal roto. Pero, extrañamente, una sonrisa se dibuja en mis labios. «Al fin», pienso. «Llegó mi hora». El infierno se desvanece mientras mis párpados caen, pesados como el plomo.
—Bueno, ya hiciste tu trabajo. Debes irte —la voz de un hombre me llega desde una distancia infinita.
—No entiendo por qué la quieres después de todo lo que te dije de ella —responde la voz de mi tía, cargada de un veneno que ya no me alcanza.
—Es mi asunto de ahora en adelante. Ahora puedes ser feliz y dejar de sufrir por esta chiquita.
Trato de abrir los ojos, de gritar que no soy una mercancía que se traspasa de mano en mano, pero el negror me devora.
Un resplandor de sol me acaricia el rostro. Abro los ojos con lentitud, parpadeando contra la claridad que entra por una ventana amplia. No estoy en el sótano. No hay olor a humedad ni ruido de ratones.
Estoy en una habitación de paredes blancas, impolutas, decoradas con cuadros pequeños y delicados. Hay un closet de madera fina, una peinadora con perfumes y maquillajes caros, y un espejo ovalado que refleja una realidad que no reconozco. A mi lado, en la mesita de noche, hay una jarra de agua cristalina y medicamentos.
Intento levantarme, pero un peso muerto me lo impide. Al retirar la sábana, descubro que mi pierna derecha está aprisionada en un yeso blanco. La puerta se abre y entra una mujer de unos treinta y cinco años, vestida con un impecable uniforme de enfermera.
—Por fin despertaste —dice con una sonrisa profesional.
—¿En dónde estoy? —mi voz suena ronca, extraña.
—En su casa, señora Valeria.
El nombre me golpea como una bofetada. ¿Señora? —¿Cómo sabes mi nombre? Esta no es mi casa.
—Debió de ser por el golpe, pero ya recordará todo —responde ella con una calma que me aterra—. No se esfuerce.
—¿Y mi tía? ¿Dónde está Cielo?
—No sé de qué tía habla. Tranquilícese. Mi nombre es Jenny y soy su enfermera.
—¿Mi enfermera? —la confusión me nubla la vista.
—Sí, señora. Su esposo me contrató para que la cuidara mientras se recupera de la caída que tuvo en las escaleras.
—¿Esposo? Yo no tengo esposo... y no me caí de las escaleras. Exijo una explicación.
—Él se la dará pronto, pero ahora está en un viaje de negocios. Le traeré algo de comer —Jenny sale de la habitación, dejándome atrapada en una mentira de paredes blancas.
La puerta vuelve a abrirse poco después, pero no es Jenny. Es un hombre joven, con aire de eficiencia fría.
—Sé lo que estás pensando, así que tranquila. No soy tu "esposo".
—¿Quién eres? ¿Qué hago aquí? —le suplico.
—Eso no me incumbe. Solo soy el asistente personal de la persona que está casada contigo.
—¿Cuál es el misterio? ¿Quién es él?
—No lo sé, y deja de preguntar tanto. Yo no tengo las respuestas, pero... —se detiene cuando la puerta principal se escucha— él sí.
Entra un hombre de tez morena y ojos color café. Al verlo, el estómago se me revuelve. Lo reconozco. Era uno de los clientes más asiduos del bar, uno de esos que me miraba con una posesividad que me daba escalofríos.
—Hola, preciosa —me dice Marcos, acercándose con una confianza depredadora.
—Ho... hola.
—Veo que te sorprende que yo sea tu esposo.
—No entiendo qué hago aquí, sencillamente no tiene sentido.
—Estás aquí porque se me antojó. Te quiero para mí, solamente eso —su voz es un decreto.
—Yo me quiero ir...
—No, chiquita. Aquí no se hace lo que tú digas. ¿Piensas que gasté tanto en ti para no disfrutarlo? —le lanza una mirada gélida a su asistente, Víctor, quien se retira de inmediato dejándonos solos.
—Esto no puede ser verdad. Usted tiene una esposa, tiene un hijo... lo sé por lo que decían en el club.
—Eso no te incumbe. Será lo mismo que en el bar, solo que me cansé de compartirte con otros.
—Esto no está bien, Marcos —trato de arrastrarme hacia el otro lado de la cama, pero él me sujeta el brazo con una fuerza que me hace gemir de dolor.
—Deja de pensar tanto. Solo quiero estar con mi mujer.
—¡Yo no soy tu mujer!
—Lo has sido y lo serás —se inclina y me besa el cuello con una brutalidad que me hace temblar—. Recuerda cuando me pedías más y más... —sonríe, recordando una mentira que yo fabricaba por miedo en el club.
—No quiero hacerlo... por favor.
—Pues lo harás. No tienes opción.
Me arrastra hacia el centro de la habitación mientras empieza a desvestirse. Intento llegar a la puerta, pero está cerrada con llave. Cuando me alcanza, me voltea con violencia. Me mira con una rabia contenida y me cruza la cara con una bofetada que me manda directo al suelo.
—Si no es por las buenas, será por las malas.
Me quedo allí, tirada sobre la alfombra cara, con el yeso pesando como una tumba. ¿En dónde estoy? ¿Cómo es que un papel firmado me convirtió en la propiedad privada de un monstruo? La oscuridad del sótano de mi tía era física, pero esta... esta oscuridad está disfrazada de hogar.







