Narra Valeria
Siento mi cuerpo pesado, como si estuviera hecho de plomo. La sed es un fuego que me quema la garganta y no sé cuántas horas llevamos de viaje en este camión asfixiante. Observo a las chicas a mi alrededor; las sombras ocultan sus rostros, pero una de ellas, la que está a mi derecha, no se ha movido en mucho tiempo.
—¿Por qué no hacen algo? —susurré, con la voz rota.
—No pueden —respondió una chica desde el rincón—. Ella ya no está aquí. Hace rato que dejó de respirar.
—No... no pu