El Tormento de Valeria Ordóñez
El Tormento de Valeria Ordóñez
Por: L. Alejandra
Capitulo 1

Al principio, mi vida no tenía nada de especial. Era esa clase de chica que habitaba una tranquilidad plana, convencida de que los dramas adolescentes eran el fin del mundo. Si no obtenía lo que quería, sentía que el universo conspiraba en mi contra; era una ceguera infantil, la arrogancia de creer que nadie podía sufrir más que yo.

A los cinco años, mi mayor tragedia era que papá trabajara demasiado. Recuerdo los berrinches, el cruzarme de brazos porque no jugaba conmigo, aunque toda esa rabia se disolvía mágicamente en cuanto llegaba el atardecer. Amaba la noche. Era el refugio donde mis padres volvían a ser solo míos. Comíamos juntos, jugábamos y ellos me leían cuentos hasta que el sueño me alcanzaba. Me sentía invencible bajo su protección, pero, como todo niño ingenuo, cometí el error de desear crecer demasiado rápido. Quería ser autosuficiente, quería mi propia vida.

El tiempo no corre, se apresura. Y cuando creces, te das cuenta de que la libertad no es lo que imaginabas.

Fui alejándome de ellos, como si su amor fuera algo que siempre estaría ahí, estático, esperándome. Prefería el cine, las luces de la calle y las salidas con amigos. Las cenas familiares se convirtieron en campos de batalla. «No me entienden», era mi frase de cabecera. Llegué a sentir que me odiaban, cuando en realidad, cada una de sus restricciones era un intento desesperado por cuidarme.

No entendí cuánto me amaban hasta que cumplí los quince años. Aquel martes, con la soberbia de quien se cree dueño del mundo, les dije que nos veríamos en la noche. Salí con mis amigos y bebí hasta que la conciencia empezó a nublarse. Ellos, consumidos por la angustia al ver la hora, salieron a buscarme.

Nunca sabes si vas a volver a casa.

Desde la distancia, con la vista borrosa, vi el auto de mis padres acercándose. Al mismo tiempo, otro vehículo salió de la nada. Era un chico, tan ebrio o más que yo, manejando sin precaución, devorando la vía equivocada. El impacto fue seco, un rugido de metal retorciéndose que cambió mi destino para siempre. Me culpé en ese instante y sigo haciéndolo cada mañana al despertar.

Recuerdo el horror de ver el auto volcarse en cámara lenta. No pude gritar. Vi a mi madre salir despedida por la ventanilla en una de las vueltas, su cuerpo bañado en una sangre que brillaba bajo las farolas. Las sirenas empezaron a aullar, pero yo lo oía todo como si estuviera bajo el agua. No asimilé sus muertes; no lo hice hasta el día del entierro. Al ver las urnas descender, sentí físicamente cómo una parte de mí se hundía con ellas. Me dolía el alma, me dolía cada latido.

Mis padres siempre confiaron en mi tía Cielo. Ella era su seguro de vida, la mujer que siempre mostró un lado protector, sensible y confiable. Pero en cuanto el eco del pésame se extinguió, la máscara de Cielo se pudrió.

—Se acabó el dinero —me dijo un día, con una frialdad que me heló la sangre—. La herencia se esfumó. Tienes que dejar el colegio.

El encierro comenzó poco después. Primero fueron las paredes de mi cuarto, luego fueron los golpes cada vez que ella se sentía mal. Cuando el alcohol y la droga la consumían, usaba el cigarrillo que siempre tenía en la mano para marcar mi piel. Lo apagaba en cualquier parte de mi cuerpo que tuviera a su alcance, como si quisiera borrarme.

—Odio tu belleza —me escupía con asco—, es igual a la de tu madre. Por su culpa tengo que cargar con este estorbo.

Pasé días sin comer. El hambre se convirtió en mi castigo rutinario. Yo llegué a creer que ella tenía razón, que yo era la mayor desgracia del mundo y que merecía cada quemadura, cada golpe, por haber matado a mis padres.

Pero el verdadero infierno tenía un sótano más profundo. Una noche, mientras dormía, Cielo abrió la puerta de mi habitación y dejó entrar a un hombre. Escuché el clic de la cerradura al cerrarse desde afuera. Intenté correr, pero mi cuerpo, debilitado por el hambre, no respondió. Él me golpeó hasta doblegarme y, poco a poco, me arrebató lo último que me quedaba de dignidad. Aún hoy, el aroma al tabaco me provoca náuseas; es el olor de ese primer abuso.

Pensé que sería una sola vez, pero Cielo convirtió mi cuarto en un mercado. Noche tras noche, dejaba entrar a hombres distintos. Cuando intenté defenderme, ella empezó a suministrarme algo, una sustancia que me hacía desvanecer, que me robaba el control de mis propios miembros. Me convertí en una espectadora de mi propia destrucción. Ella tenía el control total. Yo ya no era dueña de nada, ni siquiera de mi dolor.

L. Alejandra

Gracias a todos por darme está oportunidad de leer mi historia, siempre estaré actualizando los detalles de ortografía que se me escapen ya que escribo solo por el teléfono.

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