—Sé lo que estás pensando, así que tranquila. No soy tu «esposo» —dijo el asistente, rompiendo el silencio gélido de la habitación.
—¿Quién eres? ¿Me podrías explicar qué hago acá? —supliqué, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.
—Eso no me incumbe. Solo soy el asistente personal de la persona que está casada contigo.
—¿Cuál es el misterio? —insistí, aferrándome a la sábana.
—No lo sé, pero deja de preguntar tanto. Yo no tengo las respuestas, pero... —se interrumpió cuando la puerta se