Al principio, mi vida no tenía nada de especial. Era esa clase de chica que habitaba una tranquilidad plana, convencida de que los dramas adolescentes eran el fin del mundo. Si no obtenía lo que quería, sentía que el universo conspiraba en mi contra; era una ceguera infantil, la arrogancia de creer que nadie podía sufrir más que yo.A los cinco años, mi mayor tragedia era que papá trabajara demasiado. Recuerdo los berrinches, el cruzarme de brazos porque no jugaba conmigo, aunque toda esa rabia se disolvía mágicamente en cuanto llegaba el atardecer. Amaba la noche. Era el refugio donde mis padres volvían a ser solo míos. Comíamos juntos, jugábamos y ellos me leían cuentos hasta que el sueño me alcanzaba. Me sentía invencible bajo su protección, pero, como todo niño ingenuo, cometí el error de desear crecer demasiado rápido. Quería ser autosuficiente, quería mi propia vida.El tiempo no corre, se apresura. Y cuando creces, te das cuenta de que la libertad no es lo que imaginabas.Fui al
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