El viento de la playa sopla con suavidad, agitando los cabellos canos de Amado mientras sostiene una copa frente al atardecer. A su lado, Valeria descansa la cabeza en su hombro, observando el horizonte donde el cielo se funde con el mar. No hay cámaras, no hay páginas, solo la sensación de que alguien, en algún lugar, estuvo escuchando su historia desde el primer suspiro de dolor hasta este momento de paz.
—¿Lo sientes, Vale? —pregunta Amado con esa voz profunda que el tiempo ha vuelto más ser