Mundo ficciónIniciar sesiónMi vida, si se mira desde afuera, parece sencilla. Gira en torno a mis negocios, mis inversiones y el constante ruido de la ciudad. Sin embargo, a mis veinticuatro años, me he convertido en el proyecto personal de mi madre: está obsesionada con casarme. Sinceramente, me gusta mi libertad. Si quiero compañía o sexo, me basta con una llamada. No necesito las complicaciones de un compromiso, y tengo tres razones de peso para mantenerme soltero.
La primera es el cinismo. Todas las mujeres que conozco pertenecen a mi misma clase social y lo primero que miran no son mis ojos, sino mi billetera o la de mi padre. La segunda es la paz; no quiero lidiar con el interrogatorio diario de «¿quién es ella?» o «¿a dónde vas?». Y la tercera es la más honesta: simplemente no quiero.
Pero el destino tiene otros planes. Mi padre, Nicolás, un hombre maravilloso cuya única ambición es vernos felices, está muy delicado de salud. Él ha puesto una condición que no puedo ignorar: solo heredaré las empresas si me caso. Así que aquí estoy, en una búsqueda forzada de una esposa que me convenga.
Por insistencia de mi hermano, terminé en este club que acaban de inaugurar. Nunca había entrado; la idea de pagar por sexo me parece bizarra, casi degradante. Para evitar el asedio de las mujeres que buscarían cazar a uno de los dueños del lugar, decidí venir de incógnito. Nada de trajes italianos ni relojes caros. Solo un hombre común en una mesa oscura.
Pedí un trago y me dediqué a observar. Chicas bailando, otras sirviendo copas o sentadas en el regazo de hombres desesperados. De pronto, una chica captó mi atención. No era muy alta, quizá un metro cincuenta y cinco, pero se movía con una mezcla extraña de gracia y cansancio. Llevaba unos tacones negros que estilizaban sus piernas y un traje de conejo que contrastaba con su cabello negro y largo.
Sentí su mirada sobre mí y no tardó en acercarse.
—¿Se te perdió alguien igual a mí? —preguntó con una chispa de desafío.
Solté una pequeña risa, divertido por su franqueza. —Para nada. Solo que no había visto nunca a un conejo tan pequeño.
—¿Me estás diciendo enana? —replicó ella, dándole un sorbo a su trago.
—Enana no. Solo dije pequeña.
—No veo nada grandioso en ese comentario —sentenció, aunque no se marchó.
—¿Tienes mucho trabajo hoy? —le pregunté, tratando de alargar la charla.
—No debería importarle. Créame que aquí hay muchas otras chicas en las que puede gastar su dinero.
—Primeramente, no tengo tanto dinero —mentí, manteniendo mi fachada—. Y segundo, no te estoy contratando. Solo hablo.
—¿Entonces?
—Veo que estás a la defensiva. Vine acompañando a mi jefe y solo buscaba conversación. Mucho gusto, mi nombre es Amado.
—Hola. Soy Vale.
—¿Vale? Curioso nombre. ¿Quieres que te invite a algo?
Ella miró nerviosa hacia la dirección de los camerinos, como si alguien la vigilara desde las sombras. —Debo irme. Un gusto conocerte.
La vi alejarse. Debo confesar que no fue su cuerpo lo que me impactó, sino su actitud. A diferencia de las demás, cuando le dije que "no tenía dinero", no salió corriendo. Se quedó ahí, regalándome unos minutos de su tiempo sin esperar nada a cambio. Eso, en este mundo plástico, es casi un milagro.
—Hoy se celebra una fiesta importante, así que no quiero estupideces de tu parte —la voz de mi tía Cielo me golpeó los oídos mientras intentaba retocar mi maquillaje en el espejo del camerino.
—Lo sé, tía. Sé que esta noche debería conseguir a los mejores clientes —le contesté de mala gana, sintiendo el peso de la máscara que estaba a punto de ponerme.
—No me interesan "los mejores" —bufó ella, acercándose—. Prácticamente todos los que valen algo ya han pasado por tu cama. Hoy quiero volumen. Busca más clientes que ayer; la renta no se paga sola.
—¿Y el dinero de ayer? ¿Acaso no sirve para nada? —le espeté, harta de su avaricia.
Cielo reaccionó de inmediato. Volteó mi silla con violencia y acercó su rostro al mío, sus ojos inyectados en ese odio antiguo. —No te importa lo que yo haga con el dinero. Siempre has sido una carga, Valeria. Ahora haces lo que te digo y punto.
—Está bien —suspiré, bajando la mirada para evitar que viera mi rabia.
—Ten —me extendió una copa de vino.
—¿Para qué es esto?
—Solo tómalo.
Bebí un sorbo. Tenía un sabor extraño, metálico y dulce a la vez, pero no le presté atención. El club ya estaba rugiendo afuera; era fiesta de Carnaval. Salí del camerino cargando una bandeja de tragos, dibujando en mi rostro esa sonrisa falsa que es mi armadura. Las luces de colores giraban frenéticas sobre las personas disfrazadas con antifaces.
La noche fue un borrón de manos que me tocaban, susurros obscenos y propuestas denigrantes. «Quiero ser tu conejo», «quiero follar contigo», «puta», «zorra». Palabras que ya no me duelen porque he aprendido a desconectar mi alma de mi cuerpo. Me crucé con Cande, otra de las chicas; nos dedicamos una sonrisa cómplice, ese mudo reconocimiento de quienes comparten el mismo infierno.
De pronto, la barra empezó a dar vueltas. El mareo me golpeó con tal fuerza que tuve que sostenerme del borde de madera.
—¿Estás bien? —apareció mi tía de la nada.
—Solo un poco mareada... creo que el vino...
—Toma esto —me puso una pastilla en la mano. La miré extrañada, pero estaba tan débil que la tragué sin preguntar. Fue lo último que recuerdo con claridad.
La luz del sol que se filtraba por una ventana desconocida me lastimó los ojos. Me froté la cara, desorientada, sintiendo el cuerpo pesado y la mente llena de telarañas. Me senté en la cama y el pánico me recorrió la columna: no estaba en mi casa, ni en el club.
A mi lado, un chico dormía profundamente, llevando puesto aún su antifaz. Mi traje de conejita estaba regado por el suelo de la habitación de hotel. Suspiré, tratando de contener las lágrimas, y me vestí lo más rápido y silencioso posible. Lo único que alcancé a notar antes de salir fue un pequeño tatuaje en la espalda del desconocido, pero no logré distinguirlo bien entre las sombras.
Vi su cartera en la mesita de noche. Con dedos temblorosos, tomé solo lo necesario para el taxi. Mi mente era un lienzo en blanco; no recordaba nada de lo ocurrido tras tomar aquella pastilla. Me resultaba extraño que Cielo me hubiera dejado salir de un hotel con un cliente; ella nunca permitiría que el dinero saliera de su control.
Salí a la calle y paré un taxi. Tuve que soportar los comentarios idiotas del conductor mientras me llevaba de vuelta. Al entrar a casa, la escena era dantesca. Mi tía estaba tirada en el sofá, rodeada de jeringas usadas; el rastro de su última dosis. A su lado, una chica y un hombre, ambos desnudos y en un estado de estupor similar, completaban el cuadro.
Me quedé allí de pie, mirando el caos, intentando forzar a mi memoria a devolverme las horas perdidas, pero el vacío era absoluto. ¿Qué había pasado anoche? ¿Quién era ese chico? Y lo más importante... ¿qué había planeado mi tía conmigo?







