Mundo ficciónIniciar sesiónDos días antes de nuestra cita en el Registro Civil, nuestros amigos propusieron que cada uno escogiera una caja sorpresa. Todos aseguraron que así tendríamos las mismas probabilidades de ganar. Cuando abrí la mía, solo encontré una tarjeta: "Gracias por participar". Durante un instante, nadie dijo nada. Después, alguien no pudo contener la risa. Mi prometido, Miguel Rivas, me acarició la cabeza. —Sigues con tan mala suerte como siempre. Mi amigo de la infancia, Matías Ferrer, añadió en voz baja: —Sonríe un poco. No dejes que crean que no sabes perder. En la misma ronda, Verónica Vega recibió el premio especial. Este incluía un collar de diamantes rosas elegido personalmente por Miguel, un viaje para dos a una isla con el que yo llevaba tres años soñando y una tarjeta escrita por Matías: "De ahora en adelante, estaremos a tu lado para protegerte". Yo también sonreí y guardé la tarjeta en el bolso. Después de todo, ganar un premio era cuestión de suerte. Hasta que fui al baño y oí al presentador repasar la lista en el salón privado: —Señor Rivas, ¿los premios se entregaron correctamente? El especial era para la señorita Vega y el de consolación, para Elvira Montes. Miguel respondió que sí en voz baja. nuestros amigos propusieron que cada uno eligiera una caja sorpresa
Leer másCuando se cerraron las puertas del autobús, Miguel corrió unos pasos. Matías también, pero el vehículo continuó su camino. Me senté junto a la ventana sin mirar atrás. Sus figuras se volvieron cada vez más pequeñas, como una vieja fotografía desdibujada por la lluvia. Abrí el estuche de los aretes.Las perlas seguían allí. Solo una tenía un rasguño muy leve. Lo rocé con la yema del dedo. Todavía me dolía el pecho, pero era un dolor soportable.Todos tenemos que avanzar con algunas cicatrices. Lo importante es no quedarse en el mismo lugar, dejando que nos hagan daño una y otra vez.Cuando llegué a Puerto Claro, ya había anochecido. Una compañera de mi nuevo trabajo fue a buscarme. Era una joven de rostro redondo llamada Luciana Serrano.En cuanto me vio con la maleta, corrió a ayudarme.—¡Bienvenida! ¿Se te hizo muy pesado el viaje? Te traje un chocolate caliente.Me quedé inmóvil. Luciana sonrió con cierta timidez.—No sabía qué tipo de chocolate te gustaba, así que elegí uno clásico.
Subí al primer autobús con destino a Puerto Claro. Era viejo, los asientos estaban algo duros y entraba aire por las rendijas. Sin embargo, sentada junto a la ventana, me sentí más liviana que nunca. En el bolso llevaba una oferta de trabajo que había recibido la semana anterior y aceptado esa misma mañana.Sería coordinadora administrativa en una empresa de gestión cultural de Puerto Claro. El sueldo no era especialmente alto, pero me permitiría mantenerme y, lo más importante, allí nadie conocía a Miguel ni a Matías, y nadie me pediría que fuera comprensiva después de hacerme daño.Cuando el autobús salió de la ciudad, dejó de llover. La luz del sol se abrió paso entre las nubes. Miré por la ventana y recordé una pregunta que Miguel me había hecho mucho tiempo atrás:—¿Por qué te conformas con tan poco?Ese día me había comprado un chocolate caliente. Lo sostuve entre las manos durante todo el camino, feliz como si hubiera recibido un regalo extraordinario.En aquel tiempo era muy fá
Matías encontró al administrador del edificio donde Miguel y Elvira iban a vivir después de casarse. El hombre le explicó que Elvira había entregado las llaves y se había marchado antes del amanecer con una sola maleta. El administrador acompañó a Matías hasta el departamento vacío. Al entrar, Matías vio un pequeño calcetín blanco que seguía tendido en el balcón.El viento lo mecía de un lado a otro. De pronto, recordó muchas cosas de años atrás. Elvira siempre caminaba detrás de ellos. Miguel avanzaba rápido y ella tenía que trotar para alcanzarlo. A Matías le daba lástima y se detenía a esperarla. En esa época, Elvira sonreía y le decía:—Matías, eres el mejor.Después llegó Verónica, que lloraba con facilidad, le temía a la oscuridad y repetía que se sentía insegura. Entonces todos empezaron a decirle a Elvira:—Elvira, cede esta vez.—Elvira, tú eres fuerte.—Elvira, no hagas un drama por esto.Él también repetía esas frases. Lo hizo tantas veces que terminó convenciéndose de que n
El camerino del hotel era un caos. Miguel ordenó que revisaran cada rincón del lugar. Verónica no dejó de llorar hasta quedarse afónica.—Miguel, de verdad no los tomé. ¿Por qué Elvira se empeñó en acusarme?Antes, bastaba con verla llorar así para que él cediera. Ese día, sin embargo, Miguel permaneció frente al espejo y la miró con frialdad.—Te lo preguntaré por última vez. ¿Dónde están los aretes?Las lágrimas de Verónica se detuvieron. Matías frunció el ceño.—No la asustes. Ya sabes que es muy sensible.Miguel soltó una risa seca.—¿Sensible?Tomó el programa de la boda y se lo lanzó a Matías; le dio de lleno en el pecho.—¿Tan sensible que se atrevió a convertir la boda de Elvira en su propia celebración? ¿Tan sensible que se probó los aretes que la madre de Elvira le dejó y pretendía usarlos en el video? ¿Tan sensible que consiguió que Elvira se disculpara con ella en el camerino?El golpe obligó a Matías a retroceder medio paso. Su expresión se endureció.—¿Acaso no autorizast
Último capítulo