Capítulo 3
Al día siguiente fui al Registro Civil. Todavía quería comprobar con mis propios ojos si él se presentaría.

A las nueve y cuarto vi detenerse el auto de Miguel al otro lado de la calle. Cuando él bajó, sentí un alivio inmediato e incluso me arreglé el cabello por instinto. En realidad, habría bastado con que dijera: "Ya llegué". Tal vez habría vuelto a tragarme todo el dolor de la noche anterior.

Pero sonó su celular. Miguel contestó. No sé qué le dijo Verónica, pero su expresión cambió. Al instante siguiente, dio media vuelta y regresó al auto.

La puerta se cerró con un sonido leve, pero a mí me dolió como un golpe. Diez minutos después, Verónica publicó en sus redes: "Le dije que no quería estar sola y de verdad regresó". La foto mostraba a Miguel sujetando la mano de Verónica mientras a ella le administraban suero.

A las nueve y cuarenta llegó Matías. Al bajar del auto, tenía el rostro cansado de quien no había dormido bien.

—Deja de esperarlo. Miguel no podrá venir hoy.

Lo miré.

—Lo vi.

Matías se quedó inmóvil. Abrió la boca y, al final, solo dijo:

—La alergia de Verónica volvió a empeorar anoche. No conviene alterarla.

—¿Y a mí sí pueden alterarme?

Frunció el ceño.

—Deja de hacer ese tipo de preguntas.

Se acercó y adoptó un tono conciliador.

—La cita en el Registro Civil puede reprogramarse. Mañana tendrás tu boda y todos sabrán que Miguel te eligió a ti. ¿Y Verónica qué tiene? Solo nos tiene a nosotros, sus amigos.

Guardé mis documentos y me di la vuelta, pero Matías me sujetó del brazo.

—¿Adónde vas?

—A la empresa organizadora de la boda.

Soltó el aire, aliviado.

—¿A confirmar los detalles?

Asentí. Su expresión se relajó.

—Eso está mejor. No eches todo a perder; al final, la que quedará mal serás tú.

En las oficinas de la empresa, la organizadora parecía incómoda. Me mostró el diseño de la zona de recepción. En la pantalla, Miguel aparecía en el centro, con Verónica a un lado y yo al otro. La foto se había tomado el año anterior, durante el cumpleaños de Verónica.

Ella llevaba un vestido blanco y estaba tomada del brazo de Miguel. Parecía la verdadera protagonista, mientras yo aparecía a un costado con el cuchillo con el que acababa de cortar su pastel. También habían cambiado el mensaje de bienvenida: "Gracias por acompañarnos durante estos diez años". Pero ¿por qué aquellos diez años no nos pertenecían solo a Miguel y a mí, sino también a Verónica?

Seguí revisando el programa. Todo había cambiado; incluso habían añadido a los votos un apartado en el que debíamos darle las gracias a Verónica. Miré a la organizadora.

—¿Quién autorizó esto?

Ella respondió con cautela:

—El señor Rivas.

Matías notó mi expresión y se apresuró a intervenir.

—Solo es la zona de recepción, no el escenario principal. Verónica nunca ha tenido una familia de verdad. Solo quiere sentirse incluida.

Volví la mirada hacia él.

—¿Por qué necesita sentirse incluida en mi boda?

Su voz se endureció.

—No seas tan cruel.

En ese momento llamó Miguel. En cuanto contesté, preguntó:

—¿Ya viste el programa?

—Sí.

—Verónica pasó toda la noche llorando porque siente que la tratamos como a una extraña. Por eso pedí que añadieran unas fotos.

—¿Te parece apropiado?

—¿Qué tiene de inapropiado?

Sonaba impaciente.

—Es tu dama de honor y amiga de los dos. Vas a casarte conmigo, no con unas fotos en una pantalla.

Seguí pasando las páginas. Cuando llegué al apartado dedicado al vestuario y los accesorios, mis dedos se detuvieron. En las observaciones se leía: "La señorita Vega usará los aretes de perlas durante la grabación del video previo a la boda". Esos aretes me los había dejado mi madre.

Antes de morir, me dijo que esperaba que los usara el día de mi boda.

—¿Por qué le diste a Verónica los aretes de mi mamá?

Miguel guardó silencio por un instante.

—Solo se los probó.

—Mi mamá me los dejó a mí.

—Lo sé.

Solté una risa de incredulidad.

—¿Lo sabes y aun así permitiste que se los pusiera?

Al otro lado de la línea, Verónica comenzó a llorar suavemente.

—Miguel, olvídalo. No me los pondré. Seguro que Elvira cree que, si los uso, le traeré mala suerte.

La voz de él se suavizó de inmediato.

—No digas tonterías.

Cuando volvió a dirigirse a mí, el frío había regresado a su tono.

—Verónica solo quería probarse los aretes para ver cómo quedarían en el video. ¿De verdad tienes que hablarle así?

—Tráemelos.

Miguel no respondió. Matías rompió el silencio:

—Elvira, si tu mamá estuviera aquí, no querría verte humillar a una muchacha por algo así.

Volví la cabeza hacia él de golpe. La sala de reuniones quedó en silencio. Mi mirada lo hizo titubear, pero continuó:

—¿Acaso me equivoco? Seguro que tu mamá también querría que fueras más generosa. No le gustaría verte armar este escándalo por unos aretes.

Le di una bofetada. La voz helada de Miguel salió del celular.

—¿Acabas de golpearlo?

Matías se volvió hacia mí, incrédulo.

—¡Ya no te reconozco!

No les hice caso. Tomé mi bolso y me dirigí hacia la salida. Oí a Miguel desde el otro lado:

—No me esperes esta noche.

—Como quieras.

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