Cuando se cerraron las puertas del autobús, Miguel corrió unos pasos. Matías también, pero el vehículo continuó su camino. Me senté junto a la ventana sin mirar atrás. Sus figuras se volvieron cada vez más pequeñas, como una vieja fotografía desdibujada por la lluvia. Abrí el estuche de los aretes.
Las perlas seguían allí. Solo una tenía un rasguño muy leve. Lo rocé con la yema del dedo. Todavía me dolía el pecho, pero era un dolor soportable.
Todos tenemos que avanzar con algunas cicatrices. Lo