El camerino del hotel era un caos. Miguel ordenó que revisaran cada rincón del lugar. Verónica no dejó de llorar hasta quedarse afónica.
—Miguel, de verdad no los tomé. ¿Por qué Elvira se empeñó en acusarme?
Antes, bastaba con verla llorar así para que él cediera. Ese día, sin embargo, Miguel permaneció frente al espejo y la miró con frialdad.
—Te lo preguntaré por última vez. ¿Dónde están los aretes?
Las lágrimas de Verónica se detuvieron. Matías frunció el ceño.
—No la asustes. Ya sabes que es