El Premio De Consolación No Soy Yo
El Premio De Consolación No Soy Yo
Por: Cecilia Montaño
Capítulo 1
Matías intervino entre risas:

—Así es. Ella misma se las arreglará para fingir que no pasó nada.

Me quedé al otro lado de la puerta y, de pronto, recordé la noche en que cumplí dieciocho años. Esperaba bajo la lluvia los fuegos artificiales de medianoche, pero Miguel y Matías usaron el último paraguas para proteger a Verónica. Antes de irse, se volvieron hacia mí.

—Elvira, tú vives cerca. Si corres, llegarás enseguida.

Aquella noche volví a casa empapada y aun así los justifiqué. Me dije que simplemente había tenido mala suerte. Pero, en ese momento, por fin lo entendí: desde el principio, aquel paraguas nunca había sido para mí. Rompí la tarjeta, guardé los pedazos en el bolso y, por primera vez, me pregunté seriamente si aún quería casarme con él. Ya no sabía cuánto tiempo más podría seguir participando en aquel juego que ellos habían amañado.

***

Cuando regresé al salón, todos rodeaban a Verónica para tomarse fotos con ella. El collar de diamantes rosas brillaba sobre su clavícula. Uno de los invitados bromeó:

—Miguel, este premio especial sí que fue generoso. Cualquiera diría que esta noche ibas a pedirle matrimonio a Verónica.

Los ojos de Verónica se llenaron de lágrimas de inmediato.

—No digas eso. Elvira podría molestarse.

En cuanto habló, todas las miradas se volvieron hacia mí. Al verme, Miguel frunció apenas el ceño.

—¿Qué haces ahí parada? Cualquiera pensaría que te hicieron algo malo.

Lo miré y, de repente, tuve ganas de reír. A mí era a quien habían humillado, pero hasta mi silencio parecía un capricho injustificado. Por eso no me moví, y Miguel frunció aún más el ceño. Matías fue el primero en levantarse y se acercó a mí.

Tenía facciones amables y, al mirar a alguien, siempre parecía estar sonriendo. Hasta los dieciocho años, creí que Matías era la última persona en el mundo que me haría pasar vergüenza. Sin embargo, se inclinó hacia mí y bajó mucho la voz.

—No dejes en ridículo a Miguel en este momento.

Lo miré.

—¿Acaso he dicho algo?

Matías vaciló. Verónica apretó el collar entre los dedos y comenzó a llorar con más fuerza.

—Elvira, si quieres, te lo devuelvo. Para empezar, nunca debí aceptarlo.

Apenas tocó el collar, Miguel habló:

—Déjatelo puesto.

Después volvió la mirada hacia mí.

—El premio le pertenece a quien lo ganó.

Se me escapó una risa amarga y el salón quedó en silencio por un instante. La mirada de Miguel se enfrió; Matías frunció el ceño.

—Elvira, solo es un juego. ¿De verdad tienes que arruinar el ambiente?

Luego se puso delante de Verónica. Su voz seguía siendo amable, pero cada palabra me dolía más que la anterior.

—Verónica siempre ha sido muy insegura. Por fin está contenta. ¿No puedes ceder esta vez?

Otra vez lo mismo; no pude evitar mirar a Verónica. Seguía junto a Miguel, con lágrimas en las pestañas, pero en sus ojos asomaba una satisfacción que contradecía su llanto. Un segundo después, Miguel se levantó y se acercó a mí. Olía a cedro, el aroma sobrio y fresco del perfume que yo había elegido para él. Cuando se lo regalé, le dije que le quedaba bien, pero a él le pareció demasiado suave. Luego Verónica comentó que le encantaba y Miguel terminó usándolo durante tres años. Alzó una mano para acariciarme la cabeza, como hacía siempre, pero yo aparté la cabeza. Alguien contuvo el aliento.

Miguel se puso serio por fin.

—Mañana iré contigo a la prueba del vestido de novia.

Levanté los ojos hacia él.

—¿Lo recuerdas?

Me miró como si hubiera dicho algo absurdo.

—¿Cuándo he olvidado algo que te prometí?

En ese momento, Verónica tosió con suavidad y Miguel se volvió de inmediato.

—¿Qué pasa?

Ella negó con la cabeza.

—Nada. Solo me pica un poco el cuello. Tal vez aún no me acostumbro al collar.

Miguel tomó la chaqueta del sofá y se la puso sobre los hombros. Matías observó mi expresión y suspiró.

—Elvira, no le des tantas vueltas. Ya sabes cómo es Miguel: habla con frialdad, pero no tiene mal corazón. Mañana irá contigo a la prueba y pasado mañana se casará contigo por lo civil. Verónica es solo una amiga.

Lo miré.

—¿Una amiga acepta un collar de diamantes rosas elegido por el prometido de otra mujer?

La sonrisa de Matías se desvaneció.

—¿Tienes que hablar así?

Miguel volvió la cabeza. Su voz sonó baja y fría.

—Ya basta.

De pronto, perdí las ganas de seguir hablando. En aquel juego, incluso después de que me humillaran, tenía que sonreír y decir:

—Qué mala suerte tengo.

Al terminar la fiesta, Miguel llevó a Verónica al hospital porque tenía un ligero enrojecimiento en el cuello. Matías se quedó para llevarme a casa.

Al llegar a la salida, se quitó la bufanda y me la puso alrededor del cuello.

—Hace mucho viento. No quiero que te enfermes.

Bajé la mirada hacia la bufanda. Siempre hacía lo mismo. Justo cuando estaba a punto de perder toda esperanza en él, me daba la ternura suficiente para hacerme dudar. Al instante siguiente, volvía a relegarme al mismo lugar de siempre.

Como era de esperar, cuando terminó de acomodarme la bufanda, dijo:

—No te tomes a pecho lo de hoy. Al final, Miguel se casará contigo. Tú ya ganaste; no sigas compitiendo con Verónica por cosas tan insignificantes.

Lo miré.

—¿Qué gané?

Matías se quedó inmóvil. Abrió la boca, pero no supo qué responder.

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