Subí al primer autobús con destino a Puerto Claro. Era viejo, los asientos estaban algo duros y entraba aire por las rendijas. Sin embargo, sentada junto a la ventana, me sentí más liviana que nunca. En el bolso llevaba una oferta de trabajo que había recibido la semana anterior y aceptado esa misma mañana.
Sería coordinadora administrativa en una empresa de gestión cultural de Puerto Claro. El sueldo no era especialmente alto, pero me permitiría mantenerme y, lo más importante, allí nadie conoc