Matías intervino entre risas:—Así es. Ella misma se las arreglará para fingir que no pasó nada.Me quedé al otro lado de la puerta y, de pronto, recordé la noche en que cumplí dieciocho años. Esperaba bajo la lluvia los fuegos artificiales de medianoche, pero Miguel y Matías usaron el último paraguas para proteger a Verónica. Antes de irse, se volvieron hacia mí.—Elvira, tú vives cerca. Si corres, llegarás enseguida.Aquella noche volví a casa empapada y aun así los justifiqué. Me dije que simplemente había tenido mala suerte. Pero, en ese momento, por fin lo entendí: desde el principio, aquel paraguas nunca había sido para mí. Rompí la tarjeta, guardé los pedazos en el bolso y, por primera vez, me pregunté seriamente si aún quería casarme con él. Ya no sabía cuánto tiempo más podría seguir participando en aquel juego que ellos habían amañado.***Cuando regresé al salón, todos rodeaban a Verónica para tomarse fotos con ella. El collar de diamantes rosas brillaba sobre su clavícula.
Leer más