Mientras iba de camino al cementerio, volví a encender el celular. Apenas se conectó a la red, comenzaron a llegar mensajes, uno tras otro. Eran de Miguel, de Matías y de la madre de Miguel. No abrí ninguno.
El conductor me observó por el espejo retrovisor.
—¿Hoy te casas, muchacha?
Bajé la vista hacia el velo que llevaba en las manos. Era el mismo que la asesora de la boutique había salido a entregarme después de la prueba del vestido. Al principio quise tirarlo, pero terminé llevándomelo porqu