A la mañana siguiente, llegué sola a la boutique de novias. Cuando la asesora terminó de ayudarme a ponerme el vestido, sonrió, encantada.
—Señorita Montes, de verdad le queda perfecto. ¿Vendrá hoy el señor Rivas?
Vacilé antes de responder:
—Vendrá.
Fue la última vez que hablé de Miguel con tanta seguridad. Pero a las diez no había llegado.
A las diez y media, su asistente me envió un mensaje: "Señorita Montes, al señor Rivas le surgió un imprevisto. Es posible que hoy no pueda ir". Llamé a Miguel. Por fin contestó, pero, de fondo, oí a Verónica sollozar.
—Elvira, estoy en el hospital.
Apreté el celular.
—¿Qué te pasó?
—A mí nada. Es Verónica. El collar le provocó una reacción alérgica anoche y se le hinchó el cuello.
Bajé la mirada hacia el vestido de novia que llevaba puesto. Me apretaba tanto en la cintura que apenas podía respirar.
—Hoy teníamos la prueba del vestido.
Al otro lado de la línea hubo un instante de silencio. Miguel suspiró suavemente.
—No compitas con ella. Mañana voy a casarme contigo por lo civil y, en la ceremonia, tú estarás a mi lado. Verónica está enferma y solo pienso acompañarla un rato. ¿Tan poco confías en nuestra relación?
Sentí un nudo en la garganta. En ese momento, la asesora se acercó con una caja en las manos.
—Señorita Montes, el señor Rivas acaba de enviarle esto.
Dentro había unos zapatos de novia de satén color marfil. Los tacones no eran muy altos y los zapatos tenían almohadillas en la parte trasera para evitar rozaduras. Junto a ellos había una tarjeta: "Siempre se te lastiman los talones. No uses zapatos demasiado altos". La apreté entre los dedos y sentí una punzada en el pecho.
Así que todavía lo recordaba. La primera vez que usé tacones, a los dieciocho años, terminé con los talones ensangrentados. La voz de Miguel se suavizó al otro lado de la línea.
—¿Recibiste los zapatos?
—Sí.
Él adoptó un tono conciliador.
—Pórtate bien. Esta noche volveré para cenar contigo.
Antes de que pudiera responder, oí a Verónica al otro lado de la línea.
—Miguel, ¿crees que me quedará una cicatriz en el cuello?
Él contestó de inmediato:
—Claro que no. Déjame ver.
Un instante después, Miguel colgó. Bajé la vista hacia los zapatos. Me quedaban a la perfección, pero quien los había enviado no estaba allí.
A las tres de la tarde llegó Matías; para entonces, yo ya había terminado de probarme el vestido y los accesorios. Al entrar y verme, su mirada se detuvo por un instante. Luego miró mis pies: a pesar de las almohadillas, uno de los zapatos me había lastimado el talón. De inmediato, frunció el ceño.
—¿Otra vez te lastimaste?
Se agachó y sacó una caja de venditas adhesivas del bolsillo.
—No te muevas.
Me las colocó con delicadeza y con la misma familiaridad de otros tiempos. Cuando terminó, alzó la vista.
—¿Te duele?
No respondí. Matías se levantó y me sostuvo del brazo.
—Vamos al auto. Hace frío afuera.
Seguía lloviendo. Inclinó el paraguas hacia mí y pronto se le empapó medio hombro. Lo seguí hasta el auto, pero cuando estaba a punto de subir vi una ovejita blanca de peluche sobre el asiento del copiloto. Me detuve.
Matías vaciló, aunque enseguida sostuvo la puerta con una mano y habló como si no fuera nada importante.
—Siéntate atrás.
Miré el peluche.
—¿No puede ir él atrás?
Su mano se tensó.
—No empieces. Déjalo ahí; no quiero que se ensucie ni se aplaste. Verónica lleva toda la tarde esperándolo.
—Entonces yo me voy atrás y que el peluche vaya de copiloto.
Suspiró.
—Tú eres distinta. Eres más fuerte que ella.
Aun así, aparté su mano.
—Hoy no quiero ser fuerte.
La expresión amable se le borró del rostro.
—No me pongas en esta situación.
Solté una risa breve.
—Siempre me pides a mí que sea comprensiva. ¿Por qué nunca se lo pides a ella?
Matías guardó silencio un momento antes de responder:
—Porque ella sí se pone a llorar.
Asentí.
—Y yo no.
Apreté la funda del vestido contra el pecho y me alejé bajo la lluvia. Llovía con fuerza. No había dado más que unos pasos cuando el zapato comenzó a rozarme el talón herido. No miré atrás y Matías tampoco me siguió. En realidad, ya no importaba.
Veinte minutos después, Verónica hizo una publicación en sus redes. En la foto, la ovejita estaba impecable junto a su cama de hospital. El texto decía: "Alguien vino bajo la lluvia solo para traérmela. Dijo que no se iría tranquilo hasta verme sin dolor". Yo seguía en la misma acera, a poca distancia de la boutique, con los accesorios del vestido en una mano y el talón ardiéndome de dolor. Entonces la asesora salió corriendo para alcanzarme y me tendió una bolsa de papel.
—Señorita Montes, olvidó su velo.
Tomé la bolsa sin decir nada.