Mientras tanto, en el penthouse, el reloj marcaba las dos de la madrugada y Damien seguía de pie frente a la ventana. Su reflejo se mezclaba con el resplandor distante de los rascacielos. El vaso de whisky en su mano temblaba ligeramente, aunque no lo admitiría jamás. Había llamado cinco veces. Mensajes, correos, silencio.
Cada segundo que pasaba sin respuesta era una punzada en su pecho. No estaba acostumbrado a la ausencia, y menos a perder el control. Pero con ella… todo era distinto. El sofá