Mundo ficciónIniciar sesiónPara Arya, la vida en la Manada del Valle era una condena. Designada como una simple Omega, su existencia era un ciclo interminable de abusos, maltratos y humillaciones. Su única esperanza era el olvido, hasta que un hombre irrumpió en su territorio, trayendo consigo el aroma de la sangre y la promesa no dicha de algo más grande. Herido y a punto de morir, Dorian era un misterio peligroso. Arya sintió que aquel forastero le traería la perdición, pero, aun así, lo salvó, ignorando que él era el temido Alfa de los Lobos de las Sombras. El enemigo más antiguo de su gente. Cuando Dorian desapareció, la vida de Arya continuó su curso de miseria y humillaciones... hasta que la guerra llegó a su puerta. Acusada de traición por haber salvado al enemigo, recibió una fuerte golpisa que fue el detonante que encendió la llama. Su lobo, dormido y desconocido hasta ese entonces, finalmente despertó. En un estallido de furia y poder, ella se rebeló contra su manada, dejando atrás su antigua vida. ¿Podrá una Omega rota convertirse en la reina que nadie esperaba, o será consumida por el Alfa que la traicionó?
Leer másCapítulo 1
Arya. Nunca he confiado en las noches sin luna. Son pesadas, silenciosas, como si el cielo escondiera un secreto que nadie más debe saber. Aún así, ahí estaba yo, haciendo lo que toda Omega debe hacer: servir. No porque quisiera, ni porque sintiera que es mi obligación. Sino porque, si no lo hacía, la manada encontraría otra excusa para hundirme más de lo que ya lo hace cada día. La choza de la partera Ofelia desprendía un fuerte hedor a sangre, sudor y miedo. Tres cosas que conocía demasiado bien. Euvic gritaba desde la cama, sus dedos apretando con fuerza la manta. Yo sostenía un cuenco de agua caliente mientras la partera intentaba que el cachorro naciera fuerte, sano... vivo. —Empuja más fuerte —ordenó Ofelia, aunque su tono carecía de esperanza. Euvic me miró de reojo, con ese desprecio que siempre tenía preparado para mí. No tenía por qué odiarme, pero lo hacía porque yo era la hija de la mujer que le arrebató el privilegio de ser la única Luna del Alfa. Y hasta ahora, la heredera de la manada del Valle. Y aun así, ahí estaba yo, limpiando su sudor, tragando cada palabra venenosa que ella soltaba en mi contra. Cuando el cachorro salió, lo recibí en mis brazos. Estaba tibio. Suave. Pequeño. Pero no respiraba. Lo supe al instante. No hizo ningún esfuerzo por llorar. No se movió ni abrió los ojos. —¡No…! —susurré. La partera se acercó rápido, lo suficiente para que Euvic lo notara. —¿Qué haces? —rugió. Intentó sentarse para mirar de cerca, pero estaba demasiado débil—. ¡No lo aprietes, estúpida! —No lo estoy… —no pude terminar de hablar. La partera me arrancó al pequeño de las manos, pero su rostro lo confirmó todo. Euvic gritó, pero no de dolor, sino de rabia. —¡Lo sabía! —escupió con desprecio—. ¡Tú lo mataste! —No —quise defenderme, aun con mis manos cubiertas de sangre, pero mi voz apenas salió—. Él... Yo no, no lo hice. Él nació... muerto. Susurré, pero ella ya estaba señalándome, temblando, convulsionando en su propio veneno. —¡Eres una maldita! ¡Vas a pagar con tu sangre! ¡Lo hiciste por envidia! ¡Sabías que él sería el futuro Alfa! ¡Querías que muriera para arrebatarle su derecho! La partera intentó defenderme, pero la puerta se abrió de golpe. Los guardias entraron y en un parpadeo me sujetaron por los brazos. —No me toquen —gruñí, pero igual me arrastraron. Me llevaron afuera, bajo la noche oscura. La voz de Euvic resonaba detrás, acusándome una y otra vez. La manada necesitaba un culpable. Y esa culpable siempre era yo. La piedra del consejo estaba repleta de miradas que me fulminaban. Los guardias me tiraron al suelo sin compasión. Las rodillas golpearon tan fuerte que sangraron al instante. Mi padre, el temido Alfa Baryon; llegó después. Su sombra parecía más grande que él. Su silencio, más pesado que cualquier sentencia. Lo miré fijamente. No para pedirle ayuda. Ya no esperaba nada de él. Lo miré para ver si podía encontrar al hombre que una vez me sostuvo en sus brazos. Y no encontré nada. El hombre que estaba de pie frente a mí, era un completo desconocido. —La Omega ha sido acusada por su Luna —informó Lior, el líder de los Beta—. Dice que causó la muerte de su cachorro. Mi padre ni siquiera me miró. —¡Procedan! —exclamó, como si yo fuera una piedra más en su camino. Esa palabra me atravezó como un puñal. No por sorpresa, sino por la forma en que una herida vieja vuelve a abrirse, como si nunca se hubiera cerrado por completo. Lior se adelantó. Su sonrisa torcida ya anunciaba lo que vendría. —Con gusto —murmuró. El primer golpe llegó directo a mi espalda sin previo aviso. Un latigazo que me cortó el aire. No grité, pero me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Sentí un segundo azote, luego otro y otro. Cada uno más fuerte que el anterior. Cada latigazo desprendía un pedazo de mi piel, arrancándome pequeños gemidos de dolor. Cerré los ojos. Aunque sabía que eso lo enfurecía más. —Mírame, maldita Omega —ordenó, golpeándome más fuerte. Pero no lo obedecí, no le daría el placer de verme derrotada. El dolor me quemaba desde adentro, pero había algo más profundo que se movía en mi pecho. Una pequeña chispa que intentaba encenderse. Me golpeó otra vez. El fuego en mi interior respondió haciéndose más fuerte. Otros betas se unieron. Patearon mis costillas. Escupieron mi espalda. Me arrastraron en el barro queriendo destrozar mi dignidad, mi orgullo. Pero no supliqué. No pedí que se detuvieran. Me quedé ahí, respirando como si cada aliento fuera una pequeña rebelión. Las lágrimas corrían en surcos por mis mejillas, pero no eran de miedo. Eran de dolor, de rabia e impotencia. Era el recordatorio de que mi lobo seguía dormido, en silencio, como si me abandonara justo cuando más lo necesitaba. La lluvia comenzó a caer de pronto. Pesada. Fría. Uno a uno, los betas se fueron marchando, como si el espectáculo hubiera perdido gracia. Cuando quedé completamente sola, levanté la mirada hacia la piedra del consejo. Ese monumento que una vez perteneció a mi madre Y que yo jamás tendría, según la manada. El frío del barro me recordó dónde estaba, en el suelo. No era una Omega; era la heredera del trono. Pero eso no importaba ahora. El veneno de Euvic se había encargado de contaminar cada oído en la manada, incluso el de mi propio padre. Me habían arrebatado el nombre y el estatus que mi madre me dejó. No era la heredera del Alfa; era la sirvienta de toda la manada. Una sombra a la que podían patear hasta el cansancio. Estaba sola, repudiada, con las cenizas de mi herencia marcando el círculo del consejo. Me obligué a ponerme de pie. Cada parte de mi cuerpo dolía. Mi piel ardía bajo la lluvia y las piernas no me respondían. Pero aun así levanté la cabeza. Me separé del círculo, caminando como podía. A veces cojeando, otras veces tambaleándome, pero nunca bajando la cabeza. El río estaba oscuro, como una serpiente dormida entre las piedras. Justo allí se marcaba nuestro límite con el territorio enemigo. El lugar donde cualquier incauto sería cazado, pero que a mí, en cambio, me brindaba paz. Me agaché junto al agua. El reflejo me devolvió una cara golpeada, hinchada, manchada de barro y sangre. Pero seguía siendo yo. La que se negaba a romperse. La que nunca obedecería una orden sin cuestionar. Metí las manos en el agua y lavé mi rostro, pero el alivio duró poco cuando una punzada en mi vientre me dobló. No, no, no... ahora no. Mi celo se había adelantado este mes y no tenía nada preparado. Ni mis ungüentos, ni mis raíces, ni esas mezclas amargas que me ayudaban a esconder mi olor y calmar ese maldito ardor que se volvía mas sofocante con el paso de los días. Mi cuerpo comenzaba a calentarse poco a poco. Y lo sabía. Sentía el pulso acelerarse dentro de mi pecho, el olor de mi propia sangre mezclándose con la humedad de la tierra. Si algún macho de la manada me encontraba así… No querría imaginarlo. Desesperada, me revolqué en el barro, cubriéndome el cuerpo, intentando apagar ese maldito aroma. Era asqueroso, pero efectivo. O al menos eso esperaba. Caminé hacia un claro, buscando hierbas para improvisar algo. Mis manos temblaban. No sabía si por el dolor o por el calor que me empezaba a quemar desde adentro. Entonces escuché unos aullidos a lo lejos, acercándose al río. Luego uno más profundo. Más fuerte. Más… desgarrador. Mi corazón se aceleró. No era una cacería. No eran lobos patrullando. Era una guerra... o algo parecido. Me quedé inmóvil, temblando, con las hierbas en la mano. Y entonces, de entre los árboles, un cuerpo cayó a la orilla del río. Con un estruendo que rompió el silencio. Un macho enorme, cubierto de sangre, respirando con dificultad. No sabía si era de mi manada o un enemigo. Pero se estaba desangrando y mis pies, en lugar de retroceder, avanzaron. Pude seguir mi camino y fingir que nunca lo vi, pero algo dentro de mí me gritaba que no podía dejarlo morir allí. Me acerqué, inclinándome hacia él. Tenía una herida enorme en su costado, como si algo lo hubiera desgarrado. Su pecho subía y bajaba con ferocidad. —Oye… —susurré—. ¿Puedes oírme? Él no reaccionó. Puse mi mano sobre su pecho presionando un poco la herida. Y entonces… sentí que el mundo se detuvo. Un fuego intenso recorrió mi brazo, mi columna, mis cuerpo entero. Como si una chispa hubiera encendido cada nervio que tenía dormido. Él abrió los ojos. Unos ojos ámbar tan intensos que parecía contener la furia de un incendio forestal. Su mano, grande y temblorosa, se alzó y sujetó la mía. No en forma de ataque, más bien como si mi piel le quemara y al mismo tiempo lo mantuviera vivo. La electricidad volvió. Más fuerte. Más violenta. Y justo cuando pensé que iba a soltarme, me apretó, atrayéndome tan cerca de su rostro que sentí que pude oír un rugido en su interior. Y entonces, una sola palabra de sus labios bastó para que el aire abandonara por completo mis pulmones. —"Mía"Capítulo 69Arya.El amanecer no trajo esperanza para nosotros, sino una claridad cruel. Desde la ventana del salón, vi cómo los guardias de Dorian escoltaban a Rick y a los consejeros traidores hacia las puertas de hierro. El destierro era una sentencia de muerte lenta en las Tierras Muertas, pero para ellos, era más de lo que merecían.Dorian observaba desde lo alto de la escalinata. Sus ojos no se apartaban de la carreta donde Rick y los otros tres consejeros permanecían encadenados de manos y pies. Sin embargo, su mirada buscaba una cabellera específica entre los prisioneros.—¿Dónde está ella? ¿Por qué no está junto a los cuatro exiliados? —preguntó Dorian, su voz apenas un susurro peligroso dirigido a Caín.—Mi Alfa, Lady Kendra estaba en la celda de tránsito hace una hora —respondió Caín, con el rostro desencajado por el miedo a desatar la furia del Alfa—. Pero durante el cambio de guardia para el traslado, hubo un disturbio en las cocinas. Una explosión de gas y en la confusió
Capítulo 68Arya.El salón del Consejo, que siempre me había parecido un lugar de solemne hipocresía, ahora se sentía como un matadero. Apenas habíamos regresado del despacho de Rick cuando los cinco ancianos restantes se alinearon frente a nosotros.—¡Es una aberración! —gritó Lord Harys, el más anciano del grupo, señalándome con un dedo tembloroso—. Lord Thane ha vuelto de entre los muertos con los ojos cargados de una energía que no es de este mundo. ¡Esta mujer ha traído la magia prohibida de los Sangre Negra a nuestro núcleo sagrado!Dorian se colocó a mi lado. Su presencia era una advertencia física, pero yo no me escondí tras su sombra. Di un paso al frente, con la ropa manchada de sangre y el reactivo violeta.—¿Magia prohibida? —mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. Lo que es una aberración es que mientras su pueblo se retuerce en los pasillos de esta casa, ustedes se preocupan por el color de la energía que salvó a su Alfa.—¡Eres una curandera de manos sucias que ha
Capítulo 67Arya.El aire gélido de la noche se filtraba por las ventanas de la mansión, pero no era nada comparado con la frialdad que emanaba de su cuerpo.—Dorian, detente y escúchame —le pedí, todavía sintiendo el hormigueo residual de la magia negra en mis venas.Él no se detuvo. Ni siquiera me miró. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello parecían cuerdas a punto de romperse.Llegamos a las ruinas del laboratorio, la zona que había quedado carbonizada tras el incendio. Dorian pateó la puerta. Allí, en una esquina sombría, encadenado a un pilar de soporte, yacía el hombre. Estaba demacrado, con la piel pegada a los huesos y los ojos hundidos, pero el collar de plata con el emblema de la antigua manada del Valle seguía brillando débilmente sobre su cuello.—Así que este es tu secreto —siseó Dorian. Se acercó al hombre en dos zancadas y lo levantó del suelo sujetándolo por el cuello—. Un asesino del Sur. Un infiltrado que probablemente ayudó a Rick a envene
Capítulo 66Arya.El aire en los aposentos de Lord Thane se volvió denso, cargado del dolor de ver a un Alfa que se rinde ante la muerte. Rick había sido arrastrado de vuelta a las mazmorras, dejando tras de sí una estela de duda que nos asfixiaba más que el humo de la batalla. Miré a mi Lord Thane; su respiración era un silbido agónico, un hilo de vida que se deshilachaba frente a nuestros ojos.—Se muere, Dorian —susurré, dejando caer mis manos sobre las sábanas empapadas de sudor frío—. La bacteria ha bloqueado sus pulmones. No hay tónico en este mundo que llegue a tiempo si no limpiamos su torrente sanguíneo ahora.Dorian se acercó, su presencia todavía envuelta en esa aura de sombras inestables. Sus ojos negros recorrieron el cuerpo de su padre con una mezcla de desesperación y furia contenida.—Haz algo, Arya. Lo que sea.—Hay una forma —dije, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima—. Pero es una técnica prohibida. Mi madre la llamaba "El Filtro de las So
Capítulo 65Arya.Caminé por los pasillos hacia las mazmorras privadas con el corazón martilleando contra mis costillas. Cada paso me recordaba la tos de Kael, ese sonido seco que me desgarraba el alma. Rick tenía el antídoto. El hombre que se sentaba a la mesa de Thane, el que fingía ser la voz de la sabiduría del Consejo, era quien sostenía el cuchillo sobre el cuello de toda la manada.Al llegar a la antesala de las celdas de alta seguridad, me detuve en seco. El aire vibraba con una estática pesada, gélida. Las sombras en las esquinas no eran naturales; se retorcían como humo vivo.Dorian ya estaba allí.Estaba de pie frente a la celda de Rick, pero no parecía el hombre que me había besado hace unas horas. Sus ojos estaban negros, y jirones de oscuridad brotaban de sus hombros, golpeando los barrotes de hierro con un sonido metálico constante.—¿Dorian? —susurré.Él no se giró. Su voz salió desde lo más profundo de su pecho, vibrando con una autoridad que hacía que las piedras de
Capítulo 64Arya.El tiempo dejó de medirse en horas para dividirse en frascos vacíos y sábanas manchadas. Llevaba cuarenta y ocho horas sin descansar, sosteniéndome en pie solo por la adrenalina y el terror que me provocaba ver a Kael pálido, luchando por cada bocanada de aire en la habitación contigua al laboratorio.Mi ropa era un desastre de ungüentos verdosos, ceniza y el persistente aroma a vinagre que usábamos para desinfectar. La mansión era un hospital de guerra. Los pasillos, antes pulcros, ahora estaban bordeados de catres donde nobles y plebeyos se retorcían por igual.—¡Lady Arya! ¡Por favor, mi hija no despierta! —la baronesa Liot, una mujer que hace un mes me miraba como si yo fuera una mancha en su alfombra, se aferraba ahora a mi bata con manos temblorosas.—Póngale compresas de agua fría en el abdomen y dele dos gotas del extracto de raíz de fénix cada hora —le dije, sin mirarla, mientras machacaba desesperadamente un puñado de bayas secas—. ¡Siguiente!—¡Es un hono
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