Dos días en el búnker fueron como respirar bajo el agua: un tiempo suspendido, denso, donde cada minuto se medía en susurros, en miradas a las pantallas de vigilancia y en el lento latido de las heridas que intentaban cerrar.
Fue un tiempo de pequeñas normalidades forzadas. Salvatore, malhumorado pero obediente, permitía que Alessandra le cambiara los vendajes con una ternura que ambos fingían no notar. Gabrielle, poco a poco, comenzó a bajar la guardia. Jugó al ajedrez con Marco Jr., se dejó enseñar a montar un cubo de Rubik por Alessandro, y una vez, al despertar de una pesadilla, buscó instintivamente la cama donde dormía Salvatore y se acurrucó a su lado.
Nadie comentó nada. Isabella y Chiara organizaban las comidas, transformando raciones de emergencia en platos reconfortantes. Nick, Carter y Arthur mantenían el perímetro exterior con una vigilancia meticulosa, sus siluetas pasando como sombras disciplinadas frente a las pantallas.
La tormenta exterior había amainado, dejando un