El eco de esas palabras, “Bienvenido, mi amor”, golpeó a Adrián con más fuerza que el puñetazo que lo había dejado inconsciente en Nueva York. Por un segundo eterno, pensó que el golpe finalmente había destruido su cordura y que su mente le estaba regalando una última alucinación piadosa antes de morir. Pero entonces, la tela oscura fue retirada de un tirón. La luz de la habitación, aunque tenue, le hirió los ojos, obligándolo a parpadear con desesperación hasta que la silueta frente a él cobró