El ruido de las maletas cerrándose y el chequeo de armas en el vestíbulo era una banda sonora gélida que contrastaba con el calor que Nick sentía en el pecho al entrar a la zona de los niños. Su rostro, habitualmente una máscara de piedra tallada por años de guerra y secretos, se desmoronó por completo al ver a los pequeños. Se puso a su altura, hincando una rodilla en el suelo para quedar a su nivel, permitiendo que su mirada les prometiera esa seguridad que las palabras a veces no alcanzan a