La mañana del día de la fiesta amaneció con un sol cobarde que se filtraba entre las nubes, como si dudara en iluminar la escena. Pero dentro de la Mansión Moretti, la energía era otra. Había una misión: transformar la tensión en alegría, aunque fuera prestada y por una noche.
El jardín trasero, amplio y protegido por altos muros cubiertos de enredaderas, se convirtió en el campo de operaciones. Mesas largas de madera rústica fueron sacadas y alineadas. Sillas de hierro forjado con cojines de colores vivos formaron corrillos. El aroma a hierba recién cortada se mezclaba con el dulce perfume de los jazmines que trepaban por las pérgolas.
Allí, en el epicentro del ajetreo, las mujeres dirigían la obra con la precisión de un estado mayor. Isabella, con un pañuelo rojo atado al cabello y un rollo de guirnaldas de papel en brazos, señalaba un árbol.
— ¡Alessandro, Marco! ¡Esa rama es perfecta para colgar las luces! ¡No, no esa, la de más a la izquierda! ¡Santo cielo, son como su padre con