El amanecer en Calabria no llegó con colores, sino con un gris plomizo que pesaba sobre la tierra como una losa. El aire olía a lluvia cercana y a tensión eléctrica. En los jardines de la Mansión Moretti, una fila de vehículos discretos pero blindados hasta los ejes aguardaba con los motores en ralentí, exhalando un humo tenue que se confundía con la niebla.
Era una caravana de fantasmas. No había maletas vistosas, ni risas, ni el bullicio de un viaje familiar. Solo silencios prácticos, miradas de advertencia intercambiadas entre los hombres de seguridad, y el peso invisible del peligro que los empujaba a esconderse.
Carter y Arthur, convertidos en centinelas de movimiento, coordinaban el despliegue con señales manuales y murmullos en sus intercomunicadores. Su presencia era un baluarte de normalidad en el caos. Detrás de ellos, la familia emergía de la casa.
Salvatore, pálido pero con los ojos afilados como navajas, caminaba con ayuda de Thiago y Emiliano, quien cargaba una bolsa tác