El amanecer en Calabria no llegó con colores, sino con un gris plomizo que pesaba sobre la tierra como una losa. El aire olía a lluvia cercana y a tensión eléctrica. En los jardines de la Mansión Moretti, una fila de vehículos discretos pero blindados hasta los ejes aguardaba con los motores en ralentí, exhalando un humo tenue que se confundía con la niebla.
Era una caravana de fantasmas. No había maletas vistosas, ni risas, ni el bullicio de un viaje familiar. Solo silencios prácticos, miradas