El amanecer en Las Vegas no trajo consigo la paz del descanso, sino la vibración eléctrica de una operación en marcha. Tras la cena de planificación, el silencio se había apoderado de la mansión, pero era un silencio de vigilancia, no de sueño. Sharon apenas había logrado cerrar los ojos, atrapada entre la culpa de traicionar la seguridad de su esposo y la necesidad visceral de tenerlo a su lado, lejos de las garras de los Al-Farsi.
A las seis de la mañana, el vestíbulo principal era un hervide