Roma no era eterna para Kareem Al-Farsi; en ese momento, se sentía como una jaula de mármol y ecos. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la villa, iluminando las motas de polvo que danzaban sobre muebles de siglos de antigüedad, pero dentro, el ambiente era gélido. El olor a tabaco caro se mezclaba con el aroma metálico del sudor frío de los presentes.
Kareem estaba de pie junto a un ventanal, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro parecían cuerdas a punto d