El complejo industrial abandonado en las afueras de la ciudad olía a óxido, aceite quemado y desesperación. Isabella no había querido manchar los suelos de la mansión con la inmundicia de Alonzo Vittoria. En el centro de una nave de techos altos, Alonzo permanecía atado a una silla de metal atornillada al suelo húmedo. Sus heridas de la bodega seguían sangrando, pero el verdadero infierno estaba por comenzar.
Isabella se movía a su alrededor con la elegancia de una pantera. El vendaje de su pro