El convoy de camionetas negras cruzó los pesados portones de la mansión Lombardi bajo una lluvia fina que parecía querer purificar el suelo siciliano. Salvatore bajó del vehículo cargando a la pequeña Gabriella, quien dormía profundamente contra su pecho, ajena a que el mundo casi se la traga horas antes. Alessandra caminaba a su lado; su ropa estaba manchada de ceniza y la sangre seca de Max aún decoraba sus uñas, pero su porte era el de una mujer que había reclamado su alma.
Al abrirse las pu