El complejo de bodegas en la zona sureste de Calabria se alzaba como un esqueleto de acero oxidado contra el acantilado. El rugido del mar Jónico chocando contra las rocas, cien metros más abajo, era el único sonido que competía con el zumbido eléctrico de los postes de luz que parpadeaban con una arritmia agónica. Cuando el convoy de los Moretti y los Lombardi frenó en seco, levantando una nube de polvo y grava que envolvió los faros, el mundo pareció contener el aliento.
Las puertas de las ca