El jet privado de los Lombardi cortaba las nubes sobre el mar Tirreno con una ferocidad que parecía imitar el estado de ánimo de su dueño. En la cabina principal, el aire era tan denso que Thiago y los otros cuatro hombres de élite apenas se atrevían a respirar. Salvatore estaba sentado frente a la mesa de nogal, con una botella de whisky abierta que no había probado y su Beretta desarmada sobre el tapete, limpiando cada pieza con una precisión obsesiva que ocultaba un temblor de furia pura en