El puerto de Palermo no era un lugar de comercio esa noche; era un matadero bajo la jurisdicción del diablo. Salvatore no caminaba, se desplazaba con la letalidad de un depredador que ya no tiene nada que perder. Ignorando las sirenas de la policía que se mantenían a una distancia cobarde, sujetó a Max por el cuello de la camisa, levantándolo del suelo con una fuerza bruta alimentada por la adrenalina. Los nudillos de Salvatore, aún manchados con la sangre del culatazo anterior, se apretaron ha