La mañana en Sicilia nació con una claridad engañosa, una luz dorada que prometía una paz inexistente. En la terraza del hotel, el sol bañaba las tazas de porcelana fina y el aire se saturaba con el aroma del café recién hecho y los pasteles de almendra. Alessandra y Max desayunaban en una normalidad fingida que se sostenía apenas por un hilo invisible. Max, en un intento desesperado por romper la barrera de hielo que ella había erigido, se inclinó sobre la mesa para darle un beso, buscando un