El sol asomaba tímidamente sobre el horizonte, derramando una luz dorada que apenas rozaba los ventanales del hospital. La noche había dejado tras de sí un rastro de emociones convulsas, y el amanecer llegaba sin promesas, solo con preguntas.
Greco permanecía sentado al lado de Dante, en la Unidad de Cuidados Intensivos. El silencio entre ellos era denso pero cálido, como el de dos guerreros que han sobrevivido a la misma batalla, aunque desde trincheras distintas. Dante había vuelto del abismo