El tiempo, que no perdona ni a los dioses ni a los mafiosos, había pasado con la delicadeza de una brisa y la fuerza de una marea.
Doscientos cincuenta años de historia familiar habían convertido el nombre Leone en una leyenda que ya no pertenecía solo a Italia, sino al mundo.
Las generaciones se sucedían, pero el linaje se mantenía intacto, sostenido por un juramento ancestral:
> “La sangre no se olvida.
El amor no se niega.
El poder no se comparte.”
En la villa restaurada —ahora u