Las luces del anochecer descendían como un telón violeta sobre la villa Leone. En el despacho oculto entre los niveles subterráneos, donde solo Greco y sus hombres de mayor confianza tenían acceso, Lorenzo esperaba en silencio. Afuera, el viento sacudía las ramas del ciprés. Dentro, el aire olía a madera vieja y a pólvora, como si la historia de los Leone aún respirara entre esas paredes.
Greco entró, sin anunciarse, su paso firme resonando sobre el piso de mármol. No necesitó palabras. Ambos s