El silencio de la UCI era el único compañero de Alexei Morozov. Dos días se habían convertido en una eternidad. Se negaba a dejar el lado de su esposa, su traje inmaculado ahora arrugado por la falta de sueño.
Tomó la mano inerte de Ekaterina y se la llevó a los labios, susurrando con una ternura que solo ella conocía.
—Katya, mi amor... ¿Recuerdas cuánto queríamos esto? No puedes abandonarme ahora que la tenemos. Tienes que verla.
Acercó a la bebé a la mano de Ekaterina, que reposaba sobre el pecho.
—Ella es tu fuerza, mi tsvetok. Nació gritando, como una verdadera guerrera rusa. Tiene tu nariz, Katya, y mira... cuando duerme, se ríe justo como tú lo haces antes de beber vodka y darme un susto de muerte.
Morozov tomó un respiro profundo, y su voz se quebró.
—La llamaremos Sofiya, si tú quieres. Sofiya Yelena. Significa Sabiduría y Luz. Y ella es ambas cosas. Pero no puedo sellar ese nombre sin tu voz. Necesito que despiertes y me digas que el nombre es perfecto. Mi vida, si me