El reloj marcaba las seis de la tarde cuando Dante Jr. salió del edificio principal de Leone Wines.
El aire de la Toscana estaba tibio, con aroma a uvas recién cortadas y madera vieja.
Pero en su pecho, nada era calma.
Había pasado toda la tarde viéndola —Victoria— sonreírle al inversionista francés.
Esa sonrisa… la misma que él había soñado tantas veces ver solo para él.
Se quitó la chaqueta con fastidio, caminando hasta los jardines.
El enojo se mezclaba con tristeza, y la tristeza con un miedo antiguo que no sabía nombrar.
No fue al despacho de su padre. Ni al gimnasio donde a veces descargaba su furia.
Fue directo a la casa de campo, donde sabía que Luciana estaría preparando té, como siempre hacía al caer la tarde.
Cuando ella lo vio entrar, no dijo nada al principio.
Solo lo miró… y supo.
Las madres Leone no necesitaban palabras.
—¿Otra vez por Victoria? —preguntó con suavidad, dejando la taza sobre la mesa.
Dante Jr. bajó la mirada, hundiendo las manos