La madrugada cedía su lugar al día con lentitud, como si el cielo mismo temiera lo que se avecinaba. En la mansión Leone, Greco terminaba de revisar las grabaciones donde Piero aparecía husmeando los documentos falsos. Su mirada era gélida, calculadora, y junto a él, Elio cruzaba los brazos, observando el monitor con tensión contenida.
—Mordió el anzuelo —dijo Elio, tras comprobar que Piero había salido por el acceso que ellos mismos habían dejado abierto.
—Y se lo tragó entero —respondíó Greco