El reloj de la mansión marcaba las 9:00 de la noche. La sala estaba en penumbras, iluminada por las luces cálidas del candelabro. Arianna había acostado a los gemelos y no permanecía en el sofá con una copa de vino entre las manos, aunque no había bebido ni una gota. Sus ojos estaban clavados en el fuego de la chimenea, como si allí buscaran respuestas que no llegaban.
La puerta de la mansión se abrió con un chirrido lento. Greco entró, todavía con el traje negro que había usado en la cena con