Villa Leone — Mañana tibia
El mar olía a calma.
El sol se filtraba por los ventanales, tiñendo los pisos de mármol con reflejos dorados.
En el jardín, los gemelos jugaban con una pelota, sus risas se confundían con el canto de los pájaros y el sonido de las olas lejanas.
Greco caminaba despacio, apoyado en su bastón. La pierna le dolía a ratos, pero no se quejaba; el dolor era un recordatorio de que seguía vivo. Cada paso era un triunfo, un pacto silencioso con la tierra.
Arianna lo observ