Villa Leone — Dos semanas antes de la boda
El cielo estaba despejado y el mar rugía suave, con esa cadencia que parecía respiración.
La villa dormía temprano, menos ellos tres: Greco, Dante y Morózov.
En el despacho, las luces eran tenues, las botellas abiertas, las corbatas olvidadas sobre una silla.
El reloj marcaba la medianoche, pero el tiempo parecía detenido.
Dante alzó su copa.
—Brindo por el hombre que logró hacer llorar a Arianna… pero de amor, no de rabia.
Greco sonrió, apoyando el bastón junto a la mesa.
—Eso fue suerte.
Morózov lo miró, con una ceja arqueada.
—No existe la suerte en tu historia, Leone. Lo tuyo siempre fue destino y terquedad.
Greco soltó una risa baja.
—Y ustedes dos se atreven a hablarme de terquedad. Uno se metió en la boca del lobo para rescatar a su bailarina, y el otro se enamoró de la mujer más peligrosa de Europa.
Dante levantó las manos.
—No me compares, fratello. Luciana me curó la cabeza… bueno, casi.
—Y Katya —intervino Greco, mirando al ruso— t