Mundo ficciónIniciar sesiónRose era tan ingenua que no sabía que Jonah, su ex prometido, la estaba engañando incluso antes del día de su boda. La noche anterior a la boda, lo sorprendió siéndole infiel con la última persona con la que jamás esperaría verlo, Rebecca. Por rabia y despecho, los maldijo y se fue, luego salió a emborracharse y terminó besándose con un jefe mafioso, quien, sin que ella lo supiera, era el hermanastro de su prometido y su jefe. El día de la boda, irrumpió y la canceló, enfrentando a Jonah. Después de la humillación, Jonah juró hacer su vida miserable. Intentó conseguir un trabajo, pero era casi imposible debido a la influencia que Jonah tenía. Entonces acudió al mayor jefe mafioso que su amiga Lucy le recomendó. Cuando fue a pedirle ayuda, el don resultó ser el misterioso hombre que había estado mostrando interés en ella, pero a quien ella había estado rechazando. Sin que ella lo supiera, era el jefe y hermanastro de su ex prometido. Ella le pidió ayuda, y él se la ofreció, por supuesto, pero con una condición: que ella fuera su amante.
Leer más—O aceptas, o tu hermana muere en seis meses.
Las palabras del doctor Ramírez colgaron en el aire acondicionado de la consulta como sentencia de muerte. Valentina Solís apretó los dedos contra el reposabrazos de la silla de cuero, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en la superficie hasta casi atravesarla.
—¿Seis meses? —Su voz sonó hueca, ajena. Como si perteneciera a otra persona—. Hace tres semanas dijeron que era controlable con diálisis.
El doctor, un hombre de sesenta años con lentes sin armazón y expresión perpetuamente cansada, entrelazó sus dedos sobre el escritorio. Detrás de él, el ventanal ofrecía una vista panorámica de Polanco: edificios de cristal reflejando el sol despiadado de la Ciudad de México, gente caminando hacia sus vidas perfectas, ajenos al infierno que se desenvolvía en ese consultorio del séptimo piso.
—La insuficiencia renal de su hermana progresó más rápido de lo anticipado. —Empujó los análisis a través del escritorio. Números, gráficas, palabras técnicas que Valentina no comprendía pero cuyo significado era cristalino—. Necesita trasplante. No diálisis. Trasplante inmediato.
—¿Cuánto cuesta?
—Aquí en México, entre ochocientos mil y un millón de pesos. Eso sin contar medicamentos anti-rechazo, rehabilitación, seguimiento...
Valentina cerró los ojos. Ochocientos mil pesos. Podría ser un millón de dólares por lo inalcanzable que resultaba. Su cuenta bancaria tenía exactamente treinta centavos. Su último cheque como psicoterapeuta independiente había rebotado cuando su única cliente corporativa canceló el contrato. Las deudas la perseguían como perros salvajes: el préstamo del coyote que cruzó a su padre de regreso a México, la renta atrasada de su departamento en la Condesa, las tarjetas de crédito con intereses que crecían como tumores.
—Doctor, yo... no tengo ese dinero.
—Lo sé. Por eso sugerí que Lucía entrara a la lista de espera del seguro popular, pero... —Su silencio dijo más que cualquier palabra.
—Pero la lista tarda años. —Valentina abrió los ojos, sintiendo cómo la desesperación le trepaba por la garganta como hiedra venenosa—. Y ella tiene seis meses.
—Menos si no comenzamos tratamiento agresivo esta semana.
Salió del consultorio en piloto automático. El elevador bajó siete pisos mientras ella miraba su reflejo en las puertas de acero pulido: treinta años, ojeras pronunciadas, blusa blanca arrugada, jeans desgastados. Cuando había entrado a la carrera de psicología, soñaba con cambiar vidas. Ahora no podía ni salvar a su propia hermana.
El sol de octubre la golpeó como bofetada al salir del edificio. Las calles de Polanco bullían con Mercedes, Audis y mujeres de tacones Louboutin cargando bolsas de Chanel. Otro universo. Valentina caminó hacia la parada del metrobús, sacando su celular para llamar a Lucía y decirle... ¿qué? ¿Que se despidiera? ¿Que escribiera su testamento a los veinticinco años?
Su teléfono vibró antes de que pudiera marcar.
Número desconocido.
Normalmente lo hubiera ignorado —probablemente cobradores— pero algo hizo que contestara.
—¿Valentina Solís?
La voz era femenina, madura, con ese acento chilango educado de quien creció en San Ángel o Coyoacán.
—¿Quién habla?
—Alguien que puede resolver tu problema. Tengo una propuesta. Hotel St. Regis, Suite Presidencial, ocho de la noche. No llegues tarde.
—¿Cómo consiguió mi...?
La llamada cortó.
Valentina miró el teléfono como si fuera artefacto alienígena. ¿Cómo sabía esa mujer sobre su "problema"? ¿La estaban vigilando? México era peligroso, sí, pero esto...
Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez, una notificación bancaria.
TRANSFERENCIA RECIBIDA: $50,000.00 MXN
Concepto: Adelanto de buena fe. Ven esta noche o devuélvelo. Tu elección. —D.V.
El aire abandonó sus pulmones.
Cincuenta mil pesos. Acababan de depositar cincuenta mil pesos en su cuenta. Su saldo pasó de treinta centavos a una cifra que no había visto en años.
¿D.V.?
No conocía a nadie con esas iniciales. Esto tenía que ser error. O e****a. O algo peor.
Pero cuando checó su cuenta tres veces y el dinero seguía ahí, real y tangible, supo que esa noche a las ocho estaría tocando la puerta de la Suite Presidencial del St. Regis.
Por Lucía, se dijo. Por mi hermana, haría cualquier cosa.
Incluso venderle su alma al diablo.
El Hotel St. Regis se alzaba en la Avenida Paseo de la Reforma como monumento a la opulencia. Valentina nunca había entrado. Gente como ella no entraba a hoteles de mil dólares la noche. Se detuvo frente a las puertas giratorias de cristal, mirando su reflejo: había intentado arreglarse con lo poco que tenía —vestido negro de H&M, tacones prestados de Lucía, cabello suelto—, pero seguía viéndose como lo que era.
Una mujer desesperada.
—¿Entra o se queda admirando la fachada?
Valentina giró. Un hombre joven con uniforme de botones la miraba con mezcla de diversión y lástima.
—Entro —murmuró, cruzando las puertas antes de que el valor la abandonara.
El lobby la tragó con su mármol italiano, candelabros de cristal Swarovski y aroma a dinero. Caminó hacia los elevadores intentando parecer que pertenecía ahí, que no era impostora.
—¿Piso? —preguntó el ascensorista.
—Penthouse. Suite Presidencial.
El hombre no parpadeó, solo presionó el botón. Cuando las puertas se abrieron directo en la suite —porque por supuesto que la Suite Presidencial tenía elevador privado—, Valentina tuvo que recordarse respirar.
La suite era del tamaño de su edificio completo en la Condesa. Pisos de mármol negro, ventanales del piso al techo con vista al Ángel de la Independencia iluminado, muebles que probablemente costaban más que su educación universitaria. Y en el centro de todo, junto a una botella de champagne abierta que Valentina reconoció como Cristal —había visto una en una boda elegante una vez—, estaba ella.
La mujer tenía cincuenta y tantos, pero el tipo de cincuenta que solo el dinero compra: piel perfecta, cabello rubio platino recogido en chongo impecable, traje Chanel color crema, perlas auténticas. Sus ojos —café oscuro, calculadores— la estudiaron como entomólogo estudiando insecto.
—Valentina Solís. —No era pregunta—. Llegas puntual. Eso me gusta.
—¿Quién es usted?
—Dolores Vilchis. Directora de Recursos Humanos de Grupo Empresarial Cortés. —Se sirvió champagne sin ofrecerle—. Siéntate. Esto tomará un rato.
Valentina obedeció, perchándose al borde del sofá de cuero como pájaro listo para huir.
—¿Cómo sabe de mi hermana?
—Sé muchas cosas. —Dolores bebió su champagne con movimiento elegante—. Valentina Solís, treinta años. Psicoterapeuta especializada en trauma y TEPT. Graduada con mención honorífica de la UNAM. Soltera. Sin hijos. Ciento noventa y ocho mil pesos de deuda. Hermana menor Lucía, veinticinco años, estudiante de medicina con insuficiencia renal terminal.
Cada palabra fue cachetada.
—Eso es... invasión de privacidad.
—Eso es investigación. Cuando necesitas a la mejor, investigas. —Dejó su copa—. Y tú eres la mejor para lo que necesito.
—No entiendo qué puede necesitar de mí.
Dolores sonrió. Fue sonrisa de tiburón oliendo sangre.
—¿Has oído de Diego Valentín Cortés?
El nombre detonó algo en la memoria de Valentina. Diego Cortés. Todos en México conocían ese nombre. Heredero del imperio hotelero más grande de Latinoamérica. Treinta y cuatro años. Multimillonario. Soltero. Y según las revistas de chismes que Lucía leía religiosamente, el hombre más insoportable del país.
"El Tiburón de Monterrey", lo llamaban. Despiadado. Implacable. Famoso por devorar competencia y escupir los huesos.
—Es mi jefe —continuó Dolores—. Y está a punto de perder todo.
Sacó una tablet y la deslizó sobre la mesa de centro. Valentina vio titulares:
"DIEGO CORTÉS AGREDE A REPORTERO EN RESTAURANTE DE SANTA FE"
"EL CEO MÁS ODIADO DE MÉXICO: EMPLEADOS DENUNCIAN AMBIENTE LABORAL TÓXICO"
"CORTÉS HOTELS PIERDE $500 MILLONES DE DÓLARES TRAS ESCÁNDALO DE SU DIRECTOR GENERAL"
—Su padre murió hace dos años dejándolo como CEO. —Dolores recuperó la tablet—. Diego era brillante cuando su padre vivía. Ahora es... inmanejable. Ha despedido a ciento diez empleados en seis meses. Grita en juntas. Destruyó con sus propias manos la oficina de un competidor. Y hace tres semanas, le arrojó vino tinto en la cara a una inversionista alemana que sugirió que "suavizara su imagen".
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
—Necesita una niñera corporativa. —Dolores se inclinó hacia adelante—. Alguien que lo siga veinticuatro horas, siete días a la semana. Que lo detenga antes de explotar. Que lo civilice antes de que pierda el contrato más importante de su vida: un resort de mil quinientos millones de dólares en Los Cabos.
Valentina parpadeó.
—Eso suena como trabajo para psiquiatra, no para mí.
—Los psiquiatras intentaron. Diego los sacó a patadas. Literalmente. —Dolores sonrió con frialdad—. Pero tú tienes algo especial. Leí tu tesis doctoral: "Reconstruyendo la humanidad tras el trauma: aproximaciones terapéuticas para veteranos con TEPT". Poético. Efectivo. Exactamente lo que Diego necesita.
—Diego Cortés no tiene TEPT. Es solo un ricachón mimado que nunca escuchó la palabra "no".
—Estaba en el auto cuando su padre se estrelló. —Las palabras cayeron como bombas—. Lo vio morir. Desangrarse durante cuarenta minutos mientras esperaban la ambulancia que nunca llegó a tiempo. Desde entonces, es otra persona.
Silencio.
Valentina sintió el cambio en el aire. Esto ya no era chisme de revista. Era tragedia real.
—La propuesta es simple. —Dolores sacó folder grueso del portafolio Louis Vuitton—. Noventa días. Te mudas a su penthouse en Santa Fe. Lo acompañas a todas partes. Reuniones, comidas, eventos. Lo mantienes funcional hasta que cierre el contrato de Los Cabos el primero de enero.
—¿Y mi pago?
—Un millón de pesos.
El mundo se detuvo.
Un millón de pesos. La operación de Lucía. Sus deudas. Un nuevo comienzo. Libertad.
—Si cumples los noventa días y Diego firma el contrato, obviamente —añadió Dolores con sonrisa serpentina.
—¿Y si fallo?
La sonrisa de Dolores se ensanchó.
—Si fallas, si renuncias antes de los noventa días, o si Diego pierde el contrato por tu culpa... te casas con él.
—¿QUÉ?
—Matrimonio civil. Dos años mínimo. Sin divorcio. —Empujó el contrato hacia ella—. Diego necesita estabilidad pública. Una esposa joven, profesional, guapa. Los alemanes invierten en "valores familiares". Un CEO casado vende mejor que un soltero errático.
—Esto es demente.
—Esto es negocios. —Dolores extendió pluma Mont Blanc—. Un millón de pesos o dos años de tu vida. Tienes hasta medianoche para decidir. Después, la oferta caduca.
Valentina miró el contrato. Cuarenta y tres páginas de letra pequeña. Cláusulas, subcláusulas, términos legales que necesitaría semana para descifrar.
Pensó en Lucía. En el consultorio. En "seis meses".
—¿Puedo leerlo primero?
—Por supuesto. Tienes tres horas. —Dolores checó su Rolex—. Son las ocho y cuarto. A las once y quince, esta suite deja de ser mía.
Valentina tomó el contrato con manos temblorosas y comenzó a leer. Página tras página de jerga legal. Confidencialidad. No competencia. Penalizaciones por incumplimiento. Sus ojos ardían del cansancio, del estrés, de la desesperación.
A las once en punto, había llegado a la página cuarenta y dos de cuarenta y tres.
—Tiempo —anunció Dolores.
—Espera, falta una página...
—Firma o vete. No hay extensiones.
Valentina miró la última página sin leer. Cláusula 13, decía el encabezado.
Pero pensó en Lucía conectada a máquina de diálisis. Pensó en funeral que no podía pagar. Pensó en vivir con culpa de no haberlo intentado todo.
Firmó.
La pluma rasgó el papel con sonido definitivo.
Dolores sonrió, guardando el contrato en su portafolio.
—Bienvenida al infierno, Valentina. Espero que sobrevivas.
Cuando Valentina salió del St. Regis a las once y media de la noche, con copia del contrato en su bolsa y transferencia de cincuenta mil pesos confirmada, no sabía si acababa de salvarse o de condenarse.
Solo sabía una cosa con certeza absoluta:
Acababa de firmar un pacto con el diablo.
Y ni siquiera había leído la letra pequeña.
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