Villa Leone — Mañana de cielo limpio
La casa amaneció con olor a pan caliente y a romero. El mar, al fondo, parecía una sábana bien tendida. En la galería, Greco practicaba caminar sin bastón: dos pasos, pausa, dos más. Arianna lo seguía con la mirada y con las manos listas, por si el león flaqueaba.
—No me mires así —gruñó con sonrisa—. Si tropiezo, me recoges y me besas, en ese orden.
—Te beso igual sin tropiezos —respondió Ari, acercándose para arreglarle la camisa—. Pero yo decido el orden.