Mundo ficciónIniciar sesiónCoromoto una mujer venezolana que, tras mudarse con su familia a Santiago de Chile debido a la crisis en su país, vive atrapada en un matrimonio lleno de violencia.su esposo William, un hombre egocéntrico, infiel y cruel, cuyas aventuras con la mejor amiga de ella empeoran la situación. Sin embargo, todo cambia cuando conoce a Ángel un hombre común que la hace sentir viva nuevamente. Entre dudas, inseguridades, encuentros secretos y miedos del pasado se enfrentara a la difícil decisión de seguir adelante con un amor que la transforma, o quedarse con su esposo por el bienestar de sus hijos.
Leer másLa lluvia caía con insistencia sobre los tejados, marcando el ritmo lento de una tarde gris y silenciosa.El cielo plomizo parecía haber tragado todo el color del mundo, dejando a la ciudad sumida en una melancolía que calaba hondo, incluso bajo los techos más cálidos.Era uno de esos días en los que los recuerdos pesan más de lo habitual, en los que la nostalgia se cuela entre los huesos y se niega a soltar.Ángel observaba por el ventanal empañado con la mirada perdida, los brazos cruzados sobre el pecho y un nudo constante en la garganta.Paola, del otro lado de la línea telefónica, escuchaba su silencio como si fuera una súplica, a esas alturas ya conocía cada una de sus pausas, cada respiración contenida, cada palabra no dicha.Él no necesitaba explicarse con grandes discursos: sus silencios hablaban por él.—¿Sigues ahí? —preguntó Paola en voz baja, como si temiera romper algo delicado.—Sí… solo… estoy pensando —respondió Ángel, con esa voz suya que siempre parecía estar cargad
Esa mañana él ascensor descendía lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido en cada piso. Ángel apenas había comenzado la jornada, pero algo en su cuerpo ya estaba tenso, como si supiera lo que se avecinaba. La rutina de aquel hospital era monótona, predecible, casi mecánica. Las mismas caras, los mismos saludos breves, los mismos silencios incómodos entre colegas pero ese día, algo distinto flotaba en el aire. Lo supo en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en el quinto piso y ella entró. Primero fue una sensación, un presentimiento luego, la imagen lo golpeó: era un recuerdo no resuelto con rostro nuevo. La mujer era joven, no más de treinta años tal vez. Llevaba el uniforme azul del personal de limpieza, el cabello oscuro recogido en una coleta baja, la piel clara con ese mismo matiz que aún recordaba entre sueños, pero lo que lo dejó inmóvil fue su rostro. No era idéntico, no exactamente igual, pero sí lo suficiente como para confundir a su corazón cansa
Los días seguían cayendo como hojas secas al suelo, silenciosos e irreversibles. Ángel mantenía un perfil bajo, no por cobardía ni miedo al conflicto —eso nunca había sido parte de su esencia—, sino porque comprendía que un enfrentamiento en desventaja no era una batalla digna, sino una trampa disfrazada de valentía.Sabía que había pasos que no podía dar sin que le costaran más de lo que estaba dispuesto a perder. No se engañaba: estaba en jaque y aunque no lo admitiera en voz alta, lo sentía en la espalda, en la mirada ajena que lo seguía, en ese silencio espeso que a veces lo envolvía incluso cuando estaba acompañado.Sabía que no podía cambiar su suerte o su destino y como hacen los hombres que intuyen la despedida, decidió regalarle a los suyos un último momento de unidad, sin explicar demasiado, sin decirles lo que en realidad quería gritar.Organizó un almuerzo, el cual no era una celebración, aunque algunos intentaron fingir que sí.
Las últimas dos semanas en la casa de Coromoto habían transcurrido en una aparente calma. Ella se había convencido —o había intentado convencerse— de que todo estaba bien. William seguía ahí, compartían el techo, el almuerzo, incluso algunos silencios incomodos que antes no estaban, Pero algo dentro de ella, esa intuición que solo se agudiza con los años y con el amor vivido, le gritaba que no, que no todo estaba en orden.William había cambiado y eso no era algo evidente para todos, pero ella lo notaba demasiado. Se levantaba más temprano que de costumbre, salía antes de lo habitual, llegaba más tarde y cuando por fin estaban juntos, su mirada estaba ausente. Ya no jugaba con el pan en el desayuno, no hablaba de su día con la misma pasión, algo se había roto dentro de él o estaba por romperse.Una tarde, Coromoto decidió preguntarle directamente pero no con enojo, sino con esa voz suave que a veces ocultaba más fuego que un grito.—¿Dó





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